No se trata de una banda improvisada ni un accidente feliz de músicos con tiempo libre. Galyleo es el resultado de un largo peregrinaje sonoro y espiritual. Su historia comienza antes del primer acorde, cuando sus integrantes compartían escenarios bajo otro nombre, otra estética, otra inquietud: Hada de Beng, banda de metal sinfónico fundada en 2001 en la Ciudad de México, reconocida por su fusión de voces operísticas, atmósferas densas y una lírica profundamente espiritual.
Pero Galyleo no es una secuela. Es una ruptura. Si Hada de Beng es introspección en clave gótica, Galyleo es insurrección con rostro tribal. Aquí ya no hay hadas ni castillos simbólicos: hay tambores de guerra, distorsiones densas, sintetizadores que emulan catástrofes cósmicas. El metal sigue siendo el eje, pero se contamina —con intención y precisión— de electrónica, percusión ritual y texturas industriales. Es una banda que, más que sonar, invoca. La furia tiene dirección, y el caos tiene estructura.
No es casual que hayan elegido el nombre “Galyleo”. No es homenaje a Galileo Galilei. Es un guiño a la herejía. A los galileos como figura disidente, los que caminan fuera del templo, los que no obedecen a César, los que creen que cambiar las cosas es más urgente que obedecerlas. Galyleo se mueve con esa convicción. No quieren seguir modas ni encajar en escenas. Quieren levantar estructuras nuevas, aunque sea con cenizas. Por eso comenzaron tocando en festivales de periferia como Rock Perrón. Por eso su primer álbum se llama Babel.
Hay una ironía en el título de ese disco. En la historia bíblica, Babel representa el castigo por la soberbia: la confusión de lenguas. Pero aquí, Galyleo parece decir lo contrario. Babel no es fragmentación, es reconstrucción. Una torre hecha con los idiomas del pasado y los sonidos del futuro. La memoria tribal se junta con la furia digital. Lo ancestral se traduce en programación. Es un intento de comunicar algo profundo desde un lugar que no necesita validación ni traducción. Algo primitivo y posthumano a la vez.
Esa mezcla atrajo la atención de Discos Denver, sello de culto que ha sido hogar de bandas como Luzbel, Transmetal y Sam Sam. Con ellos, Galyleo encontró un aliado para dar forma material a su visión. En 2020 Hada de Beng firmó con el sello, reeditando sus primeros trabajos y consolidando su presencia en el circuito alternativo. Ese legado, cargado de simbolismo y fuerza melódica, es la raíz desde donde brota hoy Galyleo.
Con álbumes como El Canto de las Hadas (2009), …En la Busca de Khristal… (2013) y Despertando a la Verdad (2020), Hada de Beng aborda temas como la hermandad, la creación y la trascendencia, ganándose un lugar en la escena del metal gótico mexicano.
Su puesta en escena incluye orquestaciones sinfónicas en vivo, como las presentaciones junto a la Orquesta Inferno, así como participaciones en festivales como RocksTK y Metal Female Mexican Voices. Sin embargo, aunque son los mismos músicos—Anna Sántor, voz; Daniel Aluc, guitarra y voz; Bruno Alva, bajo y voz, y Draugr Aluc, batería—, en con Galyleo quieren incendiar la narrativa del metal con algo que no puede etiquetarse.
En un país donde muchas bandas siguen fórmulas, Galyleo es una anomalía hermosa. No hacen música para encajar ni para complacer: hacen música para abrir grietas. En cada riff hay memoria. En cada golpe de tambor, hay una advertencia. No olvidan de dónde vienen. Pero, sobre todo, no perdonan hacia dónde vamos. En las plataformas ya está Babel, pero también vale la pena darle una repasada a su alter ego: Hada de Beng.
