Recuerdo la primera vez que escuché En la línea del frente. No tenía ni catorce. No entendía del todo lo que decían, pero algo en ese ruido me hablaba con claridad salvaje. Era como si alguien hubiera descifrado mi rabia y la hubiera vuelto canción. Kortatu no pedía permiso. Tampoco explicaciones. Simplemente gritaban lo que nadie se atrevía a nombrar.
Décadas después, esas voces —o lo que queda de ellas— llegaron a México. No como parte de una gira nostálgica, sino como cuerpos que aún se mueven de manera autónoma al ritmo de la resistencia. Fermín Muguruza, Pako Galán y Evaristo Páramos no vinieron a conmemorar nada. Vinieron a incomodar, a interrumpir, a recordarnos que el punk no se disuelve con los años, que hay gritos que no se oxidan.
La noche del 30 de mayo, el Multiforo Alicia fue sitiado por soldados. Tanques y uniformes en el corazón de Santa María la Ribera, como si el enemigo público número uno fuera una guitarra y un micrófono. Muguruza ni siquiera había empezado a tocar cuando lo obligaron a salir. Lo hizo como lo hace alguien que ha vivido esto antes: sin miedo, pero con conciencia.
Al día siguiente, en Ciudad Neza, más de cinco mil personas respondieron. No con rabia abstracta, sino con organización concreta. Muguruza tocó. La gente cantó. Y lo que había sido represión se volvió acto político. No hubo medallas, ni patrocinadores ni boletos caros. Solo una plaza, sonido rebelde y memoria que no se deja callar.
Mientras tanto, en otro rincón de la ciudad, Pako Galán recordaba a los muertos. Iosu y Jualma, fundadores de Eskorbuto, son fantasmas que siguen molestando al poder. Pako tomó su lugar no para imitarlos, sino para cuidarlos. Tocó en El Chopo, entre libros, discos y gritos ahogados. Fue un homenaje de carne y hueso. Lo mirabas y sabías que venía del mismo lodo.
Este viernes, Evaristo Páramos vuelve. Lo hace sin La Polla Records, pero con su cuadro flamenco-punk. No necesita más. Con una frase basta: “Ni dios, ni amo, ni rey”. Porque no es la banda, es la voz. No es el show, es la herida que no cierra. La sátira sigue siendo su espada. El escenario, su trinchera.
Hay algo profundamente simbólico en esta coincidencia. No es reunión de egos ni intento de revivir glorias pasadas. Es un reencuentro con la palabra en su forma más afilada. El punk, cuando es real, no muere. Solo cambia de piel. Y esta vez, su cuerpo es México.
Un México que también ha sido sitiado. Donde cerrar un foro cultural sigue siendo más fácil que investigar una masacre. Donde se militariza el arte con la excusa de proteger a la ciudadanía. Donde cantar puede seguir siendo peligroso. Donde un mando menor puede más que las voces del pueblo.
Por eso estas voces duelen. Porque no se ajustan, no se adaptan, no se pliegan. Muguruza no vino a complacer. Pako no vino a entretener. Evaristo no viene a dar las gracias. Vienen porque todavía hay algo que decir. Y porque aquí, como allá, seguimos necesitando quien lo diga sin miedo.
Se trata del regreso de una figura legendaria que, con La Polla Records, Gatillazo, The Kagas, The Meas y ahora Tropa Do Carallo, ha trazado una de las trayectorias más combativas y honestas de la música en español. Evaristo no viene a acariciar nostalgias: viene a sacudir conciencias, a incendiar gargantas, a recordarle a México que el punk no es un género, sino una forma de vivir y de resistir.
Evaristo ha sido censurado, atacado, ignorado por las grandes esferas, pero jamás doblegado. Su reciente proyecto, Tropa Do Carallo, es prueba de que la rabia no envejece, que el desencanto puede transformarse en arte lúcido, que la furia sigue siendo necesaria cuando el mundo sigue torcido.
Estas presentaciones no son solo un acto musical: una manifestación colectiva de inconformidad, una celebración del caos ordenado que la música punk propone como alternativa al cinismo. Esta no fue una gira. Fue una advertencia.
