La columna de Adela Ramírez
Durante años se repitió como una especie de fórmula mágica: “Que hablen bien o mal, pero que hablen”. Según la mercadotecnia, para quienes buscaban fama y quienes querían convertir su nombre en una marca, la fórmula parecía sencilla: mientras más se hable de ti, más importante eres. Pero las redes sociales cambiaron las reglas del juego.
Hoy, ser visible no necesariamente significa ser relevante. Y mucho menos, ser respetado. En la economía de la atención, una persona puede pasar de la indiferencia a la fama en cuestión de segundos y, con la misma velocidad, pasar de la fama al descrédito. Una polémica, una acusación, una fotografía o un comentario desafortunado pueden convertirse en tendencia a la velocidad de la luz.
La visibilidad, entonces, puede ser una bendición… o una trituradora de reputaciones.
¿Por qué ocurre con tanta rapidez?
Primero, porque lo negativo pesa más que lo positivo. El psicólogo Roy Baumeister y sus colegas explicaron este fenómeno en una investigación publicada en Psychological Bulletin: las experiencias negativas suelen tener un impacto mayor sobre nuestra percepción que las positivas. Parece difícil de creer, pero, podemos olvidar diez cosas buenas y recordar durante mucho tiempo una sola que salió mal. Por ejemplo, en una entrevista de trabajo tartamudeamos o resbalamos, sin embargo, nos contratan; pero, de nuestra mente no sale ese mal rato, en lugar de destacar el éxito obtenido.
En las redes sociales, esa característica humana adquiere una velocidad extraordinaria. Años de trabajo pueden quedar opacados por una polémica de unas horas.
Y hay algo más. En internet también tendemos a comportarnos de manera diferente. John Suler llamó a este fenómeno “efecto de desinhibición en línea”: la distancia, el anonimato y la sensación de estar detrás de una pantalla pueden disminuir ciertos frenos sociales y los comentarios ofensivos son mucho más hirientes y atrevidos, tras esa máscara que protege nuestra identidad.
Así aparece un fenómeno cada vez más común: la humillación colectiva convertida en entretenimiento.
Después están los algoritmos. Las plataformas digitales no fueron diseñadas para premiar necesariamente lo verdadero, sino aquello que consigue nuestra atención. La indignación, la sorpresa, el miedo y el escándalo suelen conseguirla con facilidad.
Un estudio publicado en Science por Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral encontró que las noticias falsas se difundían más rápido y llegaban más lejos en Twitter, hoy X, que las verdaderas. El fenómeno revela una de las grandes paradojas de la conversación digital: lo falso, cuando despierta emociones fuertes, puede conquistar la atención de los internautas, incluso antes de verificar la información. Tal como ocurre con las supuestas muertes de los famosos y los llamados productos “milagro”.
Paradójicamente, la atención puede crecer mientras la credibilidad disminuye. Esto afecta a políticos, artistas, periodistas, creadores de contenido, empresas y prácticamente a cualquiera que tenga una presencia pública. La gente puede seguir mirando, comentando y compartiendo una historia, pero eso no significa que siga confiando en el contenido, ni que este sea de valor.
En el contexto digital la confianza se ha convertido en uno de los bienes más difíciles de recuperar.
Los informes del Edelman Trust Barometer y del Reuters Institute Digital News Report llevan años mostrando un escenario marcado por la desconfianza hacia instituciones, medios, gobiernos y figuras públicas. Ya no basta con aparecer. El público pregunta quién habla, por qué habla y, sobre todo, si aquello que está viendo merece ser creído.
Por eso, cuando llega una crisis, la reacción importa.
Los especialistas en comunicación suelen coincidir en algunos principios básicos: responder a tiempo, hablar con claridad, presentar información verificable y mantener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Cuando es posible, también ayuda que existan voces independientes que puedan confirmar los hechos. La reputación no se recupera únicamente diciendo “créeme”; se recupera demostrando por qué deberían hacerlo.
Las multitudes digitales no se mueven únicamente por datos. Se mueven por emociones. La indignación, el humor, el miedo, el desprecio o la simpatía pueden viajar mucho más rápido que una explicación.
Por eso una acusación sencilla puede conseguir miles de reacciones mientras una rectificación cuidadosamente documentada pasa casi inadvertida, es menos espectacular.
Aquí es donde aquella vieja frase: “que hablen bien o mal, pero que hablen” merece ser revisada.
Porque sí, hablar de alguien puede hacerlo visible. Pero no toda visibilidad construye.
Hay una diferencia enorme entre ser conocido y ser reconocido; entre conseguir millones de reproducciones y construir una reputación capaz de resistir el paso del tiempo.
La estrategia más importante, al final, no es saber cómo apagar un incendio digital. Es no vivir permanentemente fabricando incendios para conseguir atención.
Porque la cultura del escándalo tiene un costo. Existen cuentas, medios y personajes que han encontrado en la caída ajena un modelo de entretenimiento. La desgracia de alguien puede convertirse en contenido; la indignación, en negocio; y el escarnio, en espectáculo. Lo que empobrece la conversación pública.
Es momento de recuperar algo que las redes parecen haber dejado atrás: la pausa, el contexto y la posibilidad de no opinar inmediatamente, sobre todo.
La visibilidad sigue siendo importante. Nadie puede negarlo. Pero, para ser creíble, hay que ser coherente. Hay que saber cuándo hablar y, todavía más importante, cuándo dejar de hacerlo.
En suma: hoy, la máxima del ruido por el ruido es una trampa. Sí, que hablen puede traer visitas, tendencias y posts; pero si la conversación se transforma en escarnio, la visibilidad se convierte en demolición. Para existir en el ecosistema digital no basta con ser visible: hay que ser veraz, coherente y estratégico.
