El calendario marcó jueves 21 de agosto y la noticia se volvió imposible de eludir: murió Xava Drago, figura clave de Coda y voz reconocible del rock mexicano de los noventa. La comunicación de la familia fue clara y respetuosa; la del grupo, emotiva y agradecida: “Xava nos dejas tu legado eterno. ¡Gracias hermano! Buen viaje”. En el tránsito del privado al público se condensó una certeza: la historia de Xava no se explica sin comunidad.
Su biografía reciente es conocida por cualquiera que siguiera de cerca el pulso del rock nacional. En 2024 apareció el cáncer; hubo cirugía, quimios, recaídas. En marzo de 2025, el propio cantante anunció que había vencido la enfermedad; un mes después informó que “el bicho” había vuelto. El 9 de agosto comunicó que los tratamientos habían dejado de funcionar. Aun así, mantuvo el humor, la dignidad y la fe en la música. Para fans y colegas, esa entereza se volvió ejemplo.
Toño Ruiz describió la sacudida de forma sencilla: “Solo escuchar la palabra [cáncer] ya prende todas las alertas”. Siguió con el impulso del amigo que no suelta: “¿Cómo estás? ¿Qué sigue? ¿Qué podemos hacer?”. Chucho Esquivel, desde el mismo territorio de la hermandad, fue al hueso: “Te hace sentir minúsculo, frágil, impotente”. Pese a la dureza, lo que prevaleció fue la decisión de acompañar. “Verlo así, entero, con esa fuerza, nos confronta”, dijo Ruiz. Y remató con una enseñanza básica: “Aprovecha lo que tienes”.
La historia anterior a la fama se escribió en foros pequeños, en una ciudad que hervía de guitarras. El joven Xava brincaba en El Forís Avelino como si no hubiera mañana. Chucho lo vio con Ultimátum: mallas de leopardo, presencia insolente, una garganta que llenaba la sala. Ese origen explica por qué, cuando Coda tomó vuelo, su voz no perdió filo. Era un cantante con calle, con horas de ensayo y con oficio para sostener un show de punta a punta.
En ruta, el grupo se comportaba como una familia funcional, de esas que se dicen verdades y luego se abrazan. “Es como estar en un kínder”, resumió Esquivel. Una anécdota lo pinta mejor que cualquier declaración: un tropezón a oscuras en el Palacio de los Deportes, una caída, luces encendidas, risas contenidas y, en segundos, la banda tocando como si nada. Ese profesionalismo alegre constituyó la firma de Coda.
El presente inmediato trae un reto distinto: honrar sin solemnidad. En La Maraka estaba programado Eternamente Chava para el 25 de septiembre, con una constelación de amistades que va de Salvador Moreno y Cha a Tony Méndez, Lalo Carrillo, Sergio Aguilar, Daniel Villarreal, Manuel Vázquez y Mosy, además de músicos de Víctimas del Dr. Cerebro, Jaguares, Amantes de Lola y La Ley. La convocatoria, que nació para celebrar en vida, se lee ahora como una despedida con guitarras en alto.
En su mensaje póstumo, Xava dejó un marco de interpretación: aceptar que estamos de paso abre la puerta para abrazar la vida. Agradeció “tanto amor, buena vibra y mucho rock and roll” y cerró con una firma que hoy duele y alivia a la vez. No todos tienen la oportunidad de decir adiós con lucidez; menos aún desde una tarima simbólica construida durante décadas.
Queda el legado: canciones que moldearon una época, presentaciones memorables, la ética de un trabajador de la música que entendió que el escenario es un territorio de igualdad. Queda, sobre todo, una forma de estar con los otros. Cuando Toño subraya que verlo fuerte los “confronta”, la palabra clave es espejo. Xava obligó a sus cercanos a mirarse y a ordenar prioridades: lo importante son los vínculos.
