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«El Toluco: guardián del saqueo, juez del silencio”

En algún rincón discreto de la calle Cañada, por la zona de Zavaleta, Eduardo Rivera caminaba entre los muros de su residencia. No era una caminata cualquiera. Era de esas que uno hace cuando el pasado lo alcanza como sombra larga y las paredes lo observan sin pestañear.

Se detuvo en su estudio privado, un espacio donde suele reunirse con los suyos para trazar estrategias o apagar fuegos. Justo al lado, detrás de una puerta discreta de madera con vidrio esmerilado, junto a la antigua cisterna —que muchos aseguran sirvió para guardar el dinero del botín—.

Sobre el escritorio hay una hoja enmarcada. Es un recorte de periódico de hace más de una década: la disculpa pública que Eduardo escribió, firmó y publicó en nombre del PAN.

“A los poblanos, les ofrezco una disculpa por el desastroso gobierno de Luis Paredes Moctezuma”.

Hoy, esas palabras resuenan como búmerang de tinta: afiladas, pesadas, irónicas.

Se sienta. No habla. Solo mira. Porque lo que entonces fue un acto de superioridad moral, hoy le cae como piedra en el techo de cristal.

 

En Atlixco, el calor y la risa

A varios kilómetros de ahí, en una terraza bien ventilada de Atlixco, Luis Paredes Moctezuma —urbanista provocador, irreverente, siempre incomprendido— disfrutaba del sol. Con su característico despeinado, camisa abierta, mirada desafiante y una risa que es casi su firma, leyó por tercera vez el informe de las observaciones a la cuenta pública del último gobierno de Rivera.

Tomó su taza de café negro y sin apartar la vista del iPad, susurró:

—El que se sentía exorcista… ahora necesita exorcismo.

Luego levantó la mirada, contempló el horizonte entre bugambilias y grabó un mensaje con voz firme, pausada, divertida:

“Querido Lalo:

No esperaba que me entendieras en mi tiempo. Pero la vida, como el urbanismo, se traza con visión.
Hoy te devuelvo, sin rencor, tu vieja carta de disculpas. Pero no te preocupes, no la devolveré por correo: ya viene solita en hoja membreteada de la auditoría”.

 

La cueva de los 40 ladrones… y sus apellidos

El boomerang del que nadie escapa tiene forma de carpeta fiscal, sólo falta seguir la ruta de dinero.
Las observaciones de la Auditoría Superior del Estado no solo tocan a Eduardo Rivera. Rebotan directo sobre los hombros de los verdaderos operadores del saqueo técnico y de la simulación estructurada: las llamadas “familias custodias” del panismo poblano.

Los Arrubarena. Los Montiel. Los Ocejo. Los Domínguez. Los Jiménez. Y los demás apellidos que se acomodan entre mayordomías de poder, contratos asignados y negocios cruzados.

Todos de moral sólida. De misa diaria. De gracia de Dios.
Todos con nietos sobrinos en colegios privados.
Todos bien sentados en los márgenes del presupuesto, con un pie en la ley y otro en la dispensa, en el mero trafico de los proveedores.

Y la pipitilla del yunque, los famosos chicharrines, fueron sus escuderos: devotos del poder, de la hipocresía católica y del oportunismo financiero.

Así funcionó el sistema.

 

 

En el PAN, el silencio incomoda… y compromete

Mario Riestra, dirigente estatal del PAN, lleva días recibiendo llamadas.
Unos le piden mesura. Otros le exigen ruptura.
Pero lo que no puede ignorar es lo que murmuran sus propios comités:

—O te desmarcas… o te hundes con ellos.

El güero, acostumbrado a no pelear con nadie, sabe que esta vez no hay espacio para la neutralidad.

Lo que hoy está en juego no es una amistad política. Es el sentido moral de la oposición en Puebla.

Y mientras piensa, una pregunta se clava en su conciencia:

¿Puede la oposición seguir llamándose “oposición” si no se atreve a cortar las cabezas que la avergüenzan?

Reflejo de una derrota moral

La historia reciente del panismo poblano se repite con otras caras, pero con las mismas trampas.
Una vez más, la oportunidad de corregir se enfrenta al miedo de incomodar.

Pero la ciudadanía ya no come discursos, exige coherencia.

Y eso implica asumir costos, romper pactos, deslindarse del saqueo y de sus operadores.

No hacerlo es convertirse en un cómplice decorado. En una oposición incapaz de enfrentar su reflejo. En un proyecto político que juega a la ética, pero duerme con la omisión.

 

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