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septiembre 16, 2025
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El púlpito del magnate (entre pólvora y pantallas)

La noche patria tiene algo de ritual que se repite con la misma puntualidad que las campanas de la iglesia: niños que corren con banderitas de plástico que pronto terminan deshilachadas; padres que cargan bolsas de confeti verde, blanco y rojo; abuelas que cuidan la cazuela de pozole mientras reparten a los nietos rábanos y tostadas; jóvenes que venden luces de bengala y tamales de último minuto. El aire huele a pólvora, a cilantro fresco y a mazorca hervida.

En las plazas, el bullicio es sincero: el mariachi afina trompetas, los puestos de antojitos hierven de comensales, los vendedores de juguetes inflables hacen sonar trompetillas. Todo parece prepararse para un instante inédito: por primera vez en la historia, una mujer dará el Grito de Independencia desde Palacio Nacional. Hay expectación, murmullos de orgullo, conversaciones de “ya era hora”.

El lente de la vida nacional estaba a punto de enfocar ese balcón. Pero entonces, como un corte abrupto, apareció un video. Una escenografía montada con precisión calculada: una pantalla donde ondeaba una bandera digital; a un costado, un estandarte de la Virgen de Guadalupe, como en los cuadros antiguos de Hidalgo; una bandera física inmóvil, anclada como testigo.

Allí, un magnate se erigió en profeta. Pausó la voz, levantó la mirada fija a la cámara y dictó sus sentencias:
—“¿De qué lado quieres estar? ¿Del lado de la vida o de la muerte? ¿De la verdad o de la mentira?”

Las frases eran cortas, solemnes, diseñadas para viralizarse. Pero no eran inocentes: eran un golpe de ajedrez, una jugada para robar luces antes de que la presidenta levantara la voz. Era, en suma, la ambición de adelantarse a la historia, de decir: “Yo pongo los ejes morales de esta nación.”

El pueblo, abajo, seguía con lo suyo: un niño se mareaba con una matraca, una señora contaba monedas para completar un pambazo, un vendedor ofrecía banderitas a veinte pesos. Ninguno había pedido ese sermón, ninguno esperaba que alguien les dictara la vida desde un púlpito dorado. Pero en la pantalla, el magnate sonreía con solemnidad impostada, como si sus palabras fueran mandamientos.

El Cuervo Blanco se posó en la cornisa, muy cerca de la ventana del set improvisado. Cuando las cámaras se apagaron y los técnicos enrollaron cables, vio lo que no salió en el clip: la carcajada. No era la risa franca del que celebra; era la risa cínica del que se burla de sus espectadores.

—“Estos ciudadanos tan bobos…” —pareció decir, alzando una copa—. “Caerán redonditos con mis símbolos. ¿No recuerdan cuando me dieron la televisora casi regalada? ¡Ja, ja, ja! Aquella vez que el poder político me allanó el camino y me convertí en dueño del aire… Y ahora, con un estandarte y unas frases, vuelvo a dictar la ley.”

La memoria de sus privilegios se mezclaba con su vanidad. Recordaba la concesión de TV Azteca, otorgada en condiciones cuestionadas, como semilla de su imperio. Reía de sus maniobras en el fútbol, donde prestanombres y cercanos disfrazaban su control, como si el deporte fuera tablero privado. Hablaba de “propiedad” mientras su riqueza se erguía sobre bienes públicos; hablaba de “verdad” mientras escondía sus tramas societarias.

El Cuervo Blanco observaba la escena con nitidez: el magnate no hablaba de patria ni de valores. Hablaba de sí mismo, de su eterno pacto con el privilegio. Y lo más obsceno era su estrategia: confrontar al Estado utilizando al pueblo como carne de cañón, obligarlos a escoger bando en una lucha que nunca será suya.

Mientras tanto, abajo, en la plaza, los ciudadanos esperaban el Grito real. Una mujer joven revisaba en su celular si la transferencia de su cuenta en Banco Azteca había pasado; un comerciante comentaba con ironía: “Deberíamos preocuparnos más si el banco de este señor no truena que de sus sermones.” En la cotidianeidad estaba la verdadera patria: en el temor de perder ahorros, en el esfuerzo de pagar impuestos, en el cumplimiento de la vida ordinaria.

La cámara del magnate quería que todo se redujera a su dilema binario: vida o muerte, verdad o mentira. Pero la vida real es más compleja: es pagar la colegiatura, es aguantar la inflación, es que el negocio de la esquina sobreviva. La verdad no se encuentra en sus videos; se encuentra en los registros del fisco que le exigen rendir cuentas.

Su púlpito no estaba en el corazón de la plaza ni en un barrio popular. Su púlpito era un yate de lujo, el “Azteca II”, donde se pasea entre helipuertos y mármoles, lejos del olor a pólvora y pozole. Desde allí dicta mandamientos como si fueran universales, convencido de que el pueblo lo escuchará como rebaño.

Pero el pueblo ya ha visto falsos profetas antes. Sabe distinguir entre quien carga símbolos para manipular y quien los honra con hechos. La independencia no se celebra con evasión fiscal ni con monopolios disfrazados; se celebra en la responsabilidad colectiva de cumplir la ley.

El Cuervo Blanco cerró la libreta donde apuntaba sus notas. La escena quedaba clara: no era la voz de un patriota, sino el eco de un privilegio temeroso. No era un manifiesto, sino una maniobra. Y antes de marcharse, dejó escrita su sentencia:

“La patria no necesita nuevos mesías de pantalla. Necesita ciudadanos que paguen lo que deben y respeten lo que es de todos. Todo lo demás son luces falsas que se apagan con la pólvora de septiembre.”

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