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mayo 9, 2025
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El Haragán, Zoé, Ilegales, Elefantes y El Palomar: memoria, resistencia y comunidad

El trabajo del hombre, la nueva canción de El Haragán y Compañía, no intenta disfrazar la miseria con metáforas. Dice lo que hay que decir: que trabajamos y no alcanza, que vivimos atrapados en promesas rotas. Pero no lo hace desde el discurso incendiario, sino desde la herida compartida. Es una canción que acompaña, que nos dice al oído lo que pensamos cuando nadie nos escucha. Y eso, en un país como el nuestro, es revolucionario.

El Haragán lleva más de tres décadas haciendo canciones con los pies bien puestos en la calle. Su música no viene de los despachos, sino del transporte público, de los changarros, de los cuartos donde la renta se come la esperanza. La rola recién estrenada, con tintes de blues y ska, no es panfleto ni consigna: es un grito cansado que se niega a callar.

Mientras eso ocurre, Zoé anuncia una cuarta fecha en el Estadio GNP Seguros. Cuatro noches en el mismo recinto, en una ciudad que los vio crecer y volver a encontrarse, ahora con un público más amplio y más entregado que nunca. Su presentación en el Vive Latino fue la chispa que encendió la memoria: desde “Memorex” hasta “No me destruyas”, León Larregui y compañía confirmaron que algunas canciones no envejecen, solo se transforman.

La nueva cita del 28 de septiembre tendrá algo más que luces y sonidos sincronizados. Será una especie de homenaje colectivo a “Memo Rex Commander y el Atómico Corazón de la Vía Láctea”, el álbum que definió una era. El mismo que nos hablaba de universos interiores con una estética intergaláctica y un romanticismo desbordado. El mismo que, a veinte años de distancia, sigue encontrando nuevas formas de doler bonito.

En el mismo mapa sonoro, pero desde otra trinchera, los españoles de Ilegales regresarán a Ciudad de México para ofrecer un único concierto el 11 de julio, en el Foro Puebla 186. El nombre de su nuevo disco, Joven y arrogante, no es solo provocación: es declaración de principios. Después de más de cuatro décadas, la banda de Jorge Martínez no ha perdido filo. Su sonido sigue siendo eléctrico, directo, sin adornos. Y sus letras aún tienen la capacidad de sacudir conciencias sin necesidad de gritar.

Ilegales no busca agradar. Nunca lo hizo. Su música incomoda, arremete, corta. Pero también libera. Por eso su regreso no es solo una fecha más en el calendario de conciertos: es una oportunidad para volver a pensar el rock como espacio de disidencia. Un sitio donde aún se puede decir lo que nadie quiere escuchar.

Y luego está Elefantes, que eligió la capital mexicana para inaugurar la gira con la que conmemoran el 25 aniversario de Azul. Ese disco, producido por Enrique Bunbury, marcó un punto de inflexión en el pop-rock ibérico. Mezcla de raíz y vanguardia, de bolero y distorsión, de amor y contradicción. Un álbum que no teme mostrarse vulnerable, que canta desde las ruinas con una belleza que no se disculpa.

La gira que arrancará a finales del verano traerá de vuelta canciones que hicieron de la tristeza una forma luminosa de resistencia. Elefantes no solo ha sobrevivido a la industria, ha aprendido a habitarla sin renunciar a lo que son: músicos que buscan conmover antes que impresionar. Su regreso no será masivo, pero será íntimo. Como deben ser las cosas importantes.

El Palomar, coro de cantautoras de la Ciudad de México, celebra cinco años de cantar en colectivo con una Listening Party el 16 de mayo en El Vicio. En ese espacio, lejos de los grandes reflectores, compartirán un adelanto de su primer disco. Canciones tejidas con historias reales, desde la ternura, la rabia, el amor propio, el dolor de las madres buscadoras, la esperanza de una comunidad que canta para no rendirse.

Cinco años no parecen muchos, pero en este país, mantenerse juntas, creando, cantando, es una hazaña. Lo suyo no es solo música: es resistencia sonora. Su voz múltiple, coral, se ha vuelto un refugio para quienes buscan sanar a través del arte. Y eso también es rock, aunque no tenga guitarras distorsionadas.

Estos conciertos, estas canciones, estos regresos, no son un revival ni un ciclo de nostalgia. Son la prueba de que la música hecha en español sigue teniendo sentido, sigue nombrando lo que nos pasa, sigue siendo territorio común. No importa si viene del barrio, del escenario de un estadio o de un pequeño teatro en Coyoacán. Todas tienen algo en común: nos recuerdan que seguimos aquí.

Que aunque el mundo cambie de ritmo, aunque el algoritmo quiera empujarnos al olvido, hay canciones que se niegan a morir. Y nosotros, aferrados a ellas, seguimos cantando.

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