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Última crucifixión de Rubén Enaje conmueve a miles en Filipinas

A los 64 años, el Cristo de Pampanga cerró una tradición de fe, sangre y controversia

En la localidad de San Fernando, al norte de Filipinas, la tarde del Viernes Santo marcó el fin de una era. Frente a cerca de 20 mil personas, Rubén Enaje, obrero de 64 años, fue crucificado por última vez, concluyendo una devoción pública iniciada en 1985.

Con la piel curtida por el sol y el cuerpo debilitado por los años, Enaje subió por trigésima sexta vez al escenario improvisado donde se representa la pasión de Jesucristo. Fue clavado con clavos de 30 centímetros en ambas palmas y se mantuvo suspendido varios minutos, ante un público que mezclaba oraciones con selfis y aplausos.

«No puedo hacerlo más», dijo con voz apagada tras ser bajado por personal médico, quienes le retiraron los clavos y atendieron sus heridas.

Su primera crucifixión fue motivada por el agradecimiento tras sobrevivir a una caída de un tercer piso. Desde entonces, cada año, sin falta, repitió el acto como una ofrenda por promesas cumplidas o en petición de salud para familiares.

Un ritual fuera de la Iglesia

La recreación de la crucifixión en Filipinas, aunque desaprobada por la Iglesia católica, se mantiene como una de las manifestaciones religiosas más extremas del país. Los organizadores colocan una pequeña plataforma de apoyo en las cruces para evitar el colapso físico de los penitentes. Sin embargo, el dolor es real, la sangre es real y el fervor también.

El portavoz de la arquidiócesis de Manila, Roy Bellen, reiteró que la Iglesia no alienta la autoflagelación ni la crucifixión, recordando que «Cristo ya vivió esos momentos por los hombres, no hay razón para repetirlos».

Herederos del sacrificio

En adelante, el encargado de continuar la tradición será Arnold Maniago, de 46 años, quien ya suma 24 crucifixiones. Enaje expresó su preocupación porque cada vez hay menos voluntarios dispuestos a asumir este papel.

Durante las celebraciones en Pampanga, decenas de hombres se flagelaron con látigos hechos de bambú o incrustados con vidrios. El suelo, los muros y hasta botellas de refresco terminaron manchados de sangre. Algunos fieles explicaron que esta penitencia se hace como agradecimiento por milagros, peticiones por salud o expiación de pecados.

El viacrucis en el mundo

La representación del viacrucis se extiende más allá de Filipinas. En Bolivia, feligreses recorrieron dos horas de camino en la zona de Villa Armonía en La Paz, siguiendo los pasos de Jesús entre lágrimas y alabanzas. En Brasil, peregrinos caminaron desde las 04:30 hasta el Monte Santo de Bahía, rezando ante capillas que marcan los momentos de la pasión.

En Colombia, Pamplona acogió a miles en procesiones tradicionales y exposiciones de música sacra. En Nicaragua, el viacrucis en Managua contó con la presencia del cardenal Leopoldo Brenes y una nueva imagen de la Sangre de Cristo, tras la pérdida de la original en un incendio.

Mientras en la mayor parte del mundo las representaciones de la pasión se concentran en actos litúrgicos, Filipinas mantiene viva una tradición tan antigua como controvertida, donde la fe se mide en carne viva.

La despedida de Rubén Enaje, el «Cristo de Pampanga», quedó inscrita como una muestra del fervor que trasciende generaciones, en un país donde los cuerpos también se convierten en oración.

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