En algún rincón de un aeropuerto, un joven se acerca a Alex Lora y le pide una foto. No lo llama maestro, ni ídolo, ni figura. Lo llama “güey”, con ese tono irreverente y fraterno que solo puede surgir del afecto auténtico. Luego suelta una frase que, sin querer, resume más de medio siglo de historia: “Cuando me hicieron mis papás, estaban oyendo tú música cabrón”.
No hace falta saber qué canción sonaba en ese instante íntimo. Podía ser ADO, Las Piedras Rodantes, Oye Cantinero o esa otra que dice “yo canto el blues, porque el blues es mi único amigo”. Lo importante es que El TRI, a través de Lora, no ha envejecido: ha echado raíces.
El Cinco de Mayo Week, en Puebla, tendrá a Alex Lora como su voz inaugural. El músico no solo acudirá a hablar y compartir anécdotas. Asistirá a refrendar una idea que, a fuerza de guitarras, gritos y acordes, se volvió verdad: el rock también es una forma de identidad nacional.
En una época donde lo mexicano se redibuja desde muchos frentes —económicos, políticos, migratorios—, ver a Lora hablar del poder latino en Estados Unidos no resulta un gesto simbólico, sino una necesidad cultural. Hay 40 millones de mexicanos al norte del río Bravo. Y sí: necesitan símbolos que les hablen en su idioma, pero también en su tono, en su rabia, en su alegría. Ahí entra El TRI, como un espejo con distorsión de amplificador.
Puebla, la tierra “de Dios”, como Lora la llama, será el escenario del reencuentro. La ciudad que vio nacer a ese adolescente que en 1968 empezó a tocar sin imaginar que medio siglo después tendría estatuas, medallas, reconocimientos internacionales y un lugar en el Museo de Cera. Ese chavo de onda que un día creyó que solo tenía una guitarra y muchas ganas de gritarle al mundo.
Y sí, aún lo hace. Pero también, desde la palabra, con la soltura de quien ha vivido para contarlo. Rememora la vez que fue Marshall en una fiesta del Cinco de Mayo sobre Broadway, en Los Ángeles. O cuando en Nueva York, los migrantes rebautizan su ciudad como “Puebla York”, porque las raíces pesan más que el código postal.
En ese contexto, cada canción se vuelve más que música. Es un documento afectivo. “El Niño Sin Amor”, dice Lora, es la canción de mayor contenido social en el rock en español, y no lo dice con soberbia sino con una insistencia que parece invocación. No lo repite para presumir, lo repite porque todavía le duele.
Habla de niños y de paz. Anuncia una canción que exhorta a cambiar armas por instrumentos. “Un niño que tenga un instrumento en las manos no querrá jugar con un avatar”, dice, con esa mezcla de calle y misticismo que siempre lo ha caracterizado. No está sermoneando, está recordando que alguna vez también fue ese niño.
El concierto en Puebla está programado para el lunes 5 de mayo a las 20:30 horas en el Auditorio Metropolitano. La expectativa es alta, no solo por la música, sino por lo que representa. Una oportunidad de gritar, cantar y sentir. De ser parte de algo que trasciende el espectáculo: un reencuentro con lo que somos.
Lora cierra su mensaje con una frase que ya es parte de la memoria colectiva:“Las piedras rodando se encuentran… y tú y yo algún día nos sabremos encontrar”.
Ese día está cerca. El Cinco de Mayo Week no solo será un festival, sino una cita con la historia. Porque mientras haya raza que escuche, grite y sueñe, el rock seguirá siendo territorio de resistencia.
