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abril 22, 2025
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“La paz contada vs. la violencia vivida”

Los números no mienten… pero tampoco cuentan toda la verdad.

Esta semana, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó, con tono sereno y cifras preliminares, lo que considera un logro: la disminución de 32.9 por ciento en el promedio diario de homicidios dolosos en el país. Los decomisos, detenciones y desmantelamientos de laboratorios también crecieron, y se presume que la estrategia de seguridad —sustentada en cuatro ejes: causas, Guardia Nacional, inteligencia y coordinación— empieza a dar frutos.

Hasta ahí, el discurso oficial.

Pero afuera, en las calles que no pisan los funcionarios, la sensación de peligro sigue viva. En Guanajuato, en Guerrero, en Sinaloa, en Jalisco, el miedo no se ha reducido 30 por ciento: sigue latente, disfrazado de rutina. Han precedido sexenios “prianistas” donde la ciudadanía aprendió a vivir entre balaceras esporádicas, extorsiones normalizadas, territorios controlados por el crimen organizado.

Sí, hoy hay menos asesinatos según el promedio diario, pero eso no significa que haya más seguridad.
Reducir el tema a “víctimas por día” puede sonar bien en la gráfica, pero es insuficiente cuando las madres buscan a sus hijos, cuando los comerciantes pagan derecho de piso, cuando los jóvenes son reclutados por redes criminales desde redes sociales.

Y ojo: esto no es un lamento opositor, ni una crítica gratuita desde la comodidad del escepticismo. No.

Es una advertencia sensata. Una alerta seria. Un llamado con responsabilidad.

Porque alguien tiene que decirlo, y hoy me corresponde a mí:

No caigan en la trampa del autoelogio. No maquillen la realidad con cifras. No confundan tendencia con transformación.

La seguridad no se decreta, se construye. Y no se celebra desde un atril, sino se constata en las banquetas, en las plazas, en los hogares.

Como diría Octavio Paz: “La desconfianza es una forma de la soledad.”

Y hoy, millones de mexicanos aún caminan inseguros, no porque el gobierno no haga nada, sino porque lo que hace aún no es suficiente.

Que los gobiernos escuchen. Que corrijan. Que se abran al escrutinio. Y sobre todo, que no pierdan el contacto con la calle, porque allí —en el ruido del transporte público, en la mirada de la madre angustiada, en el silencio de quien no denuncia— es donde se mide la verdadera paz.

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