A lo largo de su vida, el Papa Francisco —aficionado confeso del club San Lorenzo de Almagro— mantuvo un vínculo entrañable con el futbol. En su infancia en el barrio de Flores, en Buenos Aires, jugó en la calle como portero, con balones improvisados hechos de trapos y cuerdas. Aunque admitió que no tenía habilidad para el juego, lo vivió con pasión y arraigo.

Su afición comenzó en 1946, cuando tenía nueve años. Su padre, que jugaba baloncesto en San Lorenzo, lo acercó al club. Asistía al estadio junto a su madre. Su carnet de socio, el número 88535N-0, siempre tuvo la cuota de afiliación pagada. Casi siete décadas después del campeonato, todavía podía recitar de memoria la plantilla campeona.
En 2014, San Lorenzo celebró junto a su hincha más ilustre el primer título en la Copa Libertadores, ganado frente a Nacional de Paraguay. Una semana después, el presidente Matías Lammens, el vicepresidente Marcelo Tinelli, el técnico Edgardo Bauza y los jugadores Juan Mercier y Julio Buffarini visitaron al papa en el Vaticano y le llevaron una réplica del trofeo y una camiseta personalizada.
Reviví, con imágenes exclusivas, la audiencia de la delegación de #SanLorenzo con el Papa Francisco en el Vaticano. pic.twitter.com/PnAdFLvbNH
— San Lorenzo (@SanLorenzo) September 7, 2016
No siempre el afecto fue correspondido. El exentrenador Alfio Basile recordó en televisión que, en los 90, cuando Bergoglio era arzobispo, solía ir al estadio a bendecir al equipo antes de los partidos. En su primer encuentro como técnico, Basile le negó la entrada por motivos cabalísticos. “Si me trajiste porque el equipo no ganaba, ¿cómo vamos a seguir recibiendo al mismo cura que nos trajo mufa?”, dijo al entonces presidente Fernando Miele.
En septiembre de 2019, durante una visita a Mozambique, unos niños le entregaron un balón de trapo, similar a los que usaba en su infancia. Como gesto de gratitud, les regaló un balón profesional. La escena quedó registrada como una de las más simbólicas de su pontificado.

A lo largo de su papado, Francisco recibió camisetas de clubes mexicanos como Cruz Azul, Santos Laguna, Atlas, Chivas, Monterrey, Tigres y Pumas. En 2016, durante su visita a México, atrapó una camiseta de Cruz Azul lanzada por una niña rumbo a la Basílica de Guadalupe. En 2021, Samuel García y Mariana Rodríguez le entregaron las de Monterrey y Tigres. En 2022, el grupo Orlegi Sports le envió las de Atlas y Santos. En enero de 2025, Fernanda de Luna le dio la de Chivas, junto a una carta sobre la bendición papal al equipo en 1957.
Para Francisco, el futbol es el “deporte más bello del mundo” y una herramienta misionera. En homilías y encuentros, lo usó como metáfora para explicar la fe, la comunidad y el compromiso. “Jugar en equipo” fue una de sus expresiones favoritas para describir la pertenencia al rebaño de la Iglesia.
Durante una reunión con selecciones de Argentina e Italia, pidió a los jugadores jugar un partido honesto en el campo que Dios les puso. En otra ocasión, definió al deporte como lenguaje universal, valioso recurso para construir puentes más allá de límites, razas o ideologías.
En 2021, dijo en una entrevista que los atletas eran como santos, “conocen la fatiga, pero no les pesa”. En ese mismo año, comparó la actitud del deportista con la del creyente que persevera. Para Francisco, la Iglesia debía estar cerca de cada persona, como lo está un entrenador que forma y acompaña.
También fue crítico. Lamentó la mercantilización del deporte y la cosificación de los atletas. “Pierden el verdadero sentido de sus actividades, aquella alegría de jugar que los atrajo cuando eran chicos”, dijo ante delegados de comités olímpicos europeos.
Se mantuvo informado de la actualidad deportiva. Felicitó a Jannick Sinner por su título en Australia y rezó por Michael Schumacher y Alex Zanardi tras sus accidentes. También recibió a atletas paralímpicos e impulsó el deporte inclusivo como mensaje de esperanza.
Francisco nunca evitó los debates futbolísticos. Al hablar de los mejores jugadores, reconoció a Pelé, Lionel Messi y Diego Maradona. A este último lo distinguió: “un grande como jugador, pero que cayó en manos de aduladores”. Se reunió con él entre 2014 y 2016. Con Messi se encontró antes de un amistoso en Roma; el astro se emocionó hasta las lágrimas.

Fue más crítico con la selección argentina. Sobre la final de Qatar 2022, que no pudo ver por obligaciones episcopales, reflexionó: “Los argentinos empezamos con entusiasmo, pero tenemos una cultura de dejar las cosas a la mitad”.
Antes de los Juegos Olímpicos de París, pidió que el evento uniera pacíficamente a personas de distintas culturas. En su mensaje dominical, dijo esperar que los atletas fueran “mensajeros de paz y modelos para los jóvenes”.
La relación del papa con el deporte siempre fue profunda. De San Lorenzo al Vaticano, de la calle al estadio, su pasión no se limitó al juego, sino que lo convirtió en puente, testimonio y camino de fe.











