Si alguien carga con la responsabilidad de lo que hoy ocurre en el Partido Acción Nacional en Puebla es el grupo encabezado por Eduardo Rivera Pérez, que prácticamente colocó a ese instituto político en ruta de extinción.
El sectarismo, las decisiones dictadas desde la soberbia, la ausencia de oficio político, la cobardía y el entreguismo definieron una gestión en la que el Yunque burocrático, liderado por el exalcalde capitalino, secuestró a Acción Nacional.
La elección de 2024 solo confirmó un declive que ya se anunciaba.
La peor votación en la historia del partido desde finales de la década de los setenta, la pérdida de municipios estratégicos, una militancia enojada y la cesión de posiciones a partidos rémora delinearon el escenario.
Pacto Social de Integración, por ejemplo, recibió respaldo incondicional pese a que su principal rasgo público es la sospecha de vínculos con personas ligadas al crimen organizado, mientras que el PRD, convertido ya en una caricatura partidista, obtuvo más candidaturas de las que políticamente le correspondían.
En el PRI, el entonces dirigente estatal Néstor Camarillo Medina actuó con una lógica estrictamente personal: se apropió de una senaduría y colocó a sus incondicionales en municipios con alta probabilidad de triunfo, así como en regidurías plurinominales; todos ellos hoy militan en Movimiento Ciudadano.
Con un partido reducido a su mínima expresión, Mario Riestra Piña asumió la presidencia del Comité Directivo Estatal, en parte por el cansancio acumulado entre la base y los liderazgos, pero también por la promesa de impulsar una refundación.
Esa promesa, sin embargo, le quedó grande y ni siquiera consiguió una gobernabilidad plena al interior de su propio partido. Riestra Piña se mantuvo lejos de comprender al panismo de base, pues concentró su primera etapa en intentar exterminar al Yunque, sin advertir que ese aparato ya estaba políticamente muerto, lo que le restó tiempo y fuerza.
Con las elecciones encima, quedó claro que el PAN carece de cuadros competitivos para enfrentar a Morena. Sus principales aspirantes son figuras desgastadas como Ana Teresa Aranda o Humberto Aguilar Coronado, mientras que otros ni siquiera logran imponerse en elecciones vecinales, como Mónica Rodríguez Della Vecchia o el vendedor de cables, Carlos Montiel Solana.
Caso aparte es el de Herberto Rodríguez Regordosa, quien busca apoderarse del Consejo Coordinador Empresarial para apuntalar aspiraciones político-electorales con escasas posibilidades en 2027. El tiempo juega en su contra y el riesgo es terminar como el perro de las dos tortas: sin organismo y sin candidatura.
Eso no impide que presione para obtener la candidatura a la presidencia municipal o, en su defecto, impulsar a su hermano Pablo Rodríguez Regordosa o a su cuñada Mónica Rodríguez. Todos integran la otra ala de la ultraderecha: el Yunque orgánico, que mantiene control sobre la UPAEP y conserva influencia en sectores del empresariado poblano.
En San Andrés Cholula, la llamada pareja corajes, integrada por Guadalupe Cuautle y Edmundo Tlatehui, persigue un objetivo concreto: la reelección de ella y la postulación de él como diputado federal, desde donde pretenden construir una ruta hacia la gubernatura en 2030.
Tanto los Rodríguez Regordosa como el grupo de San Andrés representan la oposición real a Mario Riestra al interior del PAN, en un contexto donde la dirigencia nacional atraviesa una crisis profunda y Puebla, pese a contar con el cuarto padrón más grande del país, dejó de ser prioridad.
Cualquier intento de impulsar a la diputada Susana Riestra Piña como candidata a la presidencia municipal significaría, además, el desplome inmediato del dirigente estatal.
Ante su aislamiento y los frentes abiertos en su contra, Riestra Piña optó por una jugada de alto riesgo: acercarse a los exalcaldes Blanca Alcalá Ruiz y Enrique Doger Guerrero.
Ambos conservan niveles de posicionamiento relevantes y, aunque arrastran negativos, mantienen competitividad electoral. Durante la pasada campaña, Doger, en su papel de vocero del candidato de Morena a la gubernatura, provocó caídas sistemáticas en los sondeos del panista Eduardo Rivera cada vez que aparecía públicamente.
Blanca Alcalá, por su parte, fue marginada por el grupo voraz y cuestionado de Néstor Camarillo, lo que la llevó a mantenerse al margen, a la espera de cobrar los agravios acumulados.
Sumar a Doger y a Alcalá le otorgaría al PAN una competitividad de la que hoy carece y podría convertirse en la única tabla de salvación frente a la barrida electoral que ya se anticipa en la elección intermedia.
Queda por verse si ambos estarían dispuestos a integrarse a la ofensiva de la ultraderecha contra Morena, lo que implicaría confrontar al gobernador Alejandro Armenta Mier o a la presidenta Claudia Sheinbaum, o si preferirán una contienda alejada de la estridencia mercenaria impulsada por empresarios como Ricardo Salinas Pliego o Claudio X. González.
Más allá de esa incógnita, el coqueteo con Doger y Alcalá se inscribe en la disputa interna panista, donde todo apunta a que los yunques y los rancheros cholultecas podrían quedar fuera de juego.
El Yunque burocrático aún fantasea con influir en la designación del candidato y ofrecer esa posición al gobernador Alejandro Armenta a cambio de la aprobación de las cuentas públicas de Eduardo Rivera, quien no ha logrado explicar el destino de más de mil 700 millones de pesos.
Ignoran que, en ese intento, chocarán de frente con la pared.
Al tiempo.
Filo, el impresentable
Parafraseando al expanista Francisco Fraile, Mario Riestra vivió una jornada adversa en la conferencia de prensa ofrecida este miércoles para denunciar presuntas irregularidades en el municipio de Cuautlancingo, gobernado por Omar Muñoz.
El dirigente panista fue cuestionado sobre el historial del exedil Filomeno Sarmiento y optó por no defenderlo.
No es casual. La administración de Omar Muñoz detectó 561 observaciones durante el proceso de entrega-recepción, además de que, de las 89 direcciones del ayuntamiento, al menos 20 titulares no acudieron al procedimiento o se negaron a firmar documentación.
Los hallazgos incluyeron facturación inflada: refrescos de tres litros a 70 pesos, paletas de 10 pesos cobradas en 60, cajas de galletas adquiridas en mil 400 pesos.
A ello se sumaron faltantes de material y equipo, obras inconclusas o sin validación técnica y, en nómina, verdaderos ejércitos de aviadores.
El cierre fue todavía más grave: durante la última semana de funciones se autorizó un bono por horas extras de 12.5 millones de pesos, cargado al presupuesto de noviembre y diciembre, lo que dejó sin recursos a la nueva administración para cubrir salarios.
Filomeno Sarmiento se convirtió así en el pasivo más tóxico del Comité Directivo Estatal del PAN. Mantenerlo o protegerlo solo profundizará el descrédito de Mario Riestra y del partido, aunque, por ahora, todo indica que la impunidad opera como manto protector desde la dirigencia azul.
