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julio 4, 2025
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El pulso del centro: un librodisco en tiempos líquidos

Hay quienes caminan por el Centro Histórico de la Ciudad de México para encontrar un edificio, una calle antigua o una taza de café en la que sobreviva el siglo pasado. Arturo Waldo, en cambio, lo habita como quien espía un secreto. En cada esquina encuentra un ritmo. En cada rostro, una palabra no dicha. Y con todo ello, compone. No sólo música, sino también ensayos, viñetas, fotografías, mapas, dibujos. Todo eso —y más— se junta en su más reciente creación: En el centro, una obra que no cabe en una sola estantería ni en una sola playlist.

Lo que propone Waldo es un librodisco, un objeto deliberadamente anacrónico. No hay CD, ni vinil, ni cassette. Apenas hay un QR solitario pegado en la contraportada en un libro de 123 páginas que se abre como un cofre. Adentro, canciones descargables; afuera, palabras que arden. Y el centro —ese territorio tan amado como desgastado— es el corazón palpitante de esta entrega.

Durante mucho tiempo, el arte fue dividido como los estantes de una biblioteca. Literatura en un lado. Música en otro. Cine por allá. Historieta en la zona infantil. Pero esa separación fue una cortesía de museo. El arte, cuando es urgente, se mezcla. Brota por donde puede. Y eso es lo que hace Waldo: construir desde la mezcla. Él viene del blues, de Real de Catorce, del jazz, del barrio, de la UNAM, de los libros, del rap y de la calle. Su obra es un mapa afectivo de esa mezcla: un Power Trio que se volvió ensayo, un trazo a mano que se volvió poema, un ritmo rapeado que se volvió diagnóstico social.

En tiempos donde una inteligencia artificial puede escupir letras de canciones en segundos, En el centro llega como un gesto de resistencia. Cada texto es amasado con lentitud. Cada rola está hecha a mano, a oído, a entraña. El lenguaje aquí no es una herramienta, sino un campo de batalla. Y Waldo lo sabe bien: estudió filosofía, se adentró en la semántica, sufrió el desánimo de entender que, desde occidente, el futuro se narra como ruina. Pero justo por eso escribe, canta y compone: porque aún hay belleza. Porque aún hay rabia. Porque el lenguaje, aunque roto, sigue siendo nuestro.

Lo que más emociona de esta obra no es su novedad, sino su profundidad. Hay un texto sobre el alcohol y el rock que podría ser ensayo clínico o confesión nocturna. Hay un dibujo de croquis que no lleva al centro, sino a su centro. Hay una canción que arranca como juego y termina como herida. Y hay algo más: hay comunidad. Cada página vibra con la colaboración de músicos como Quique Zambrano, Poncho Figueroa, Rodrigo Prat, Alex Otaola. Cada palabra es una conversación con los amigos, los maestros, los fantasmas.

En el centro no es sólo una obra interdisciplinaria. Es una bitácora emocional, una propuesta de lenguaje, un experimento vital. En medio de esta época líquida, donde todo se evapora, donde todo se desliza por la pantalla sin dejar huella, Arturo Waldo nos devuelve algo concreto. Un libro que pesa. Un ritmo que se pega. Una frase que incomoda.

Y entonces uno entiende: no se trata de nostalgia por el objeto. Se trata de la necesidad de sostener algo con las manos. Algo que no se pueda deslizar, borrar, resetear. Algo que dure. Aunque sea por un instante. Aunque sea por un verso. Y ahora, rap.

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