La lluvia caía con furia sobre Ciudad Nezahualcóyotl. Las bocinas retumbaban y el viento helado no ahuyentó a nadie. Fermín Muguruza levantó el puño, apuntó al cielo y gritó: “Lo de anoche fue represión, necesitamos saber quién dio la orden, por qué y para qué”. El slam de la revancha se apoderó del Deportivo Ciudad Jardín mientras el músico vasco se plantaba ante cientos de personas que habían cruzado el oriente de la metrópoli para escucharlo, un día después de que su presentación en el Multiforo Alicia fuera interrumpida por un operativo militar.
El desalojo del Alicia ocurrió el 30 de mayo, durante un concierto que no era una simple gira nostálgica: Muguruza regresaba a México para reafirmar su vínculo con los espacios de resistencia, con los foros donde caben Palestina, Kurdistán, el EZLN, la memoria vasca y los pueblos migrantes. Pero esa noche, el punk no tronó como debía. Fuerzas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, Guardia Nacional y Ejército Mexicano cercaron el recinto y obligaron a interrumpir la presentación. Muguruza pidió desalojar en paz. No hubo orden judicial. Nadie explicó nada.
Ignacio Pineda, fundador del Alicia, relató que horas antes un inspector de la alcaldía Cuauhtémoc se presentó exigiendo un plan de Protección Civil. Aunque mostró su licencia vigente como espacio cultural independiente, no bastó. Pineda señaló directamente a mandos medios de la alcaldía como responsables del desalojo. La alcaldesa, Alessandra Rojo de la Vega, se deslindó; Clara Brugada, jefa de gobierno de la Ciudad de México, condenó el hecho y anunció la remoción de dos mandos policiacos, sin revelar nombres; Claudia Sheinbaum, desde la Presidencia de la República, prometió una revisión de protocolos. Todos hablaron. Nadie asumió.
La Secretaría de Gobernación calificó el operativo como injustificable. Amnistía Internacional México denunció la militarización de espacios culturales y exigió una investigación efectiva. Pero las respuestas institucionales no han borrado lo esencial: una presentación musical fue suspendida con despliegue de fuerza y sin base legal aparente. El Alicia, una trinchera contracultural desde 1995, fue silenciado esa noche.
Un artista en lucha permanente
Fermín Muguruza no es cualquier artista. Desde Kortatu en los ochenta, pasando por Negu Gorriak en los noventa, hasta su carrera solista actual, ha hecho del escenario un espacio político. Ha cantado en euskera para defender una lengua perseguida, ha filmado documentales sobre Gaza, Ceuta, la migración africana, y ha colaborado con músicos de África, América Latina y Medio Oriente. Su presencia en el Alicia no era folclore, era gesto político. Que lo hayan desalojado justo a él, justo ahí, no es una coincidencia. Es un mensaje, como también puede serlo el reciente homicidio de dos funcionarios de alto rango de la capital.
Sin embargo, la música no se detuvo. En Neza, al día siguiente, Muguruza cantó bajo la lluvia para cientos de cuerpos empapados. Dedicó una canción a Zapata y otra a Pancho Villa. Agradeció a quienes no cayeron en la provocación.
Pineda considera que este acontecimiento no es casual, ocurre justo cuando el país discute libertades, participación ciudadana y nuevas formas de Estado. El silencio que rodea el operativo del Alicia duele más porque toca una memoria compartida. Porque el Alicia no es sólo un foro: es archivo vivo de luchas, de disidencias, de bandas que no suenan en la radio. De figuras que han tocado durante años bajo el logotipo de un gato sonriente.
Mientras no se diga quién lo ordenó, mientras no haya consecuencias, la sospecha seguirá creciendo: que molesta lo que no se puede controlar, que estorba la música cuando se niega a ser fondo decorativo. Pero hay quienes no bajan el volumen. Muguruza ya lo gritó: “Esto no se acaba aquí”. Y bajo la lluvia de Neza, la multitud lo entendió sin necesidad de traducción.
