Hay músicas que nacen del fuego, otras del polvo, y unas más del desconcierto. Pero hay una estirpe de sonidos que se construyen desde la terquedad, desde la negativa a rendirse cuando el ruido ya no es moda y la memoria parece un estorbo. En esa estirpe se cruzan los caminos de Delirio Fatal, Ave Urbana y David Chanson. Tres bandas, tres formas de persistencia, tres relatos que no buscan un lugar en el podio, sino en el corazón de quien escucha con el oído abierto y la historia sensible.
Originaria de Atizapán de Zaragoza, Delirio Fatal pertenece a la estirpe de los que no se rinden, aunque todo alrededor se caiga. Escuchar su nuevo EP León Viejo. De entre los escombros citadinos no es solamente encontrarse con cuatro canciones; es palpar la persistencia, el orgullo y la historia acumulada de una banda que ha atravesado incendios internos, desacuerdos contractuales y hasta pandemias, para seguir diciendo: aquí estamos.
Salvador “Xhava” Sánchez, figura central del grupo, no sólo ha sostenido el proyecto a pesar de salidas y rupturas; ha encontrado en su hijo adolescente —Ian Alejandro, baterista actual— una especie de prolongación vital del Delirio: la sangre que no sólo corre, sino que marca el ritmo. El rock, en este caso, es también herencia.
El nombre León Viejo no es gratuito. Surgió como una medida de supervivencia cuando, por conflictos legales con una disquera anterior, no podían usar su nombre original. Pero en lugar de silenciarse, Delirio asumió otro rostro, una nueva identidad desde la cual continuar. Como los personajes que cambian de nombre para escapar del exilio, pero no de sí mismos, Xhava decidió seguir tocando, componiendo, grabando. Y cuando el contrato terminó, el rugido volvió a su forma inicial. León Viejo era Delirio Fatal disfrazado de superviviente.
Mientras muchas bandas se disuelven por cansancio, ego o desidia, Delirio Fatal encontró otra ruta. Tocó con músicos prestados. Subió a escenarios improvisados. Se refugió en grabaciones caseras. Y volvió con los suyos: su hermano, su hijo, su memoria. En la historia del rock mexicano —tan llena de promesas interrumpidas—, esta insistencia tiene un valor simbólico.
Como esa, hay historias que nacen sin permiso, como una melodía que se cuela por la rendija de una puerta cerrada. Así comenzó la de Miguel Ulloa, mejor conocido como El Ave: con una guitarra rota, sin saber una sola nota, en medio de las calles de Iztapalapa. Ahí, donde la música no se ensaya sino que se sobrevive.
Ave Urbana es más que una banda; es una biografía compartida. De los que empezaron con él, algunos siguieron, otros partieron. Vinieron discos grabados con lo que hubiera, tocadas en donde se pudiera, festivales que se ganaban por pura convicción. Lo independiente, en su caso, no fue una pose ni una estrategia de marketing: fue la única opción.
Pero lo que emociona no es solo la perseverancia, sino su manera de narrar. Sus letras no buscan el artificio ni la grandilocuencia: hablan de lo que se ve desde una banqueta, de lo que se siente al mirar un rostro amado en medio del caos, del tipo de soledad que se comparte con una ciudad entera. Hay verdad en lo que canta, y esa es la fibra más difícil de afinar.
Cuando finalmente llegó la llamada de Omar Castro y la invitación al proyecto Y tú qué rock, la rueda empezó a girar. Denver, ese sello que ha sido refugio y trampolín del rock mexicano más terco, los acogió. El EP El vuelo continúa no es solo un título: es una declaración. Porque este vuelo no aspira a la cima, sino a la persistencia.
Cacles, el segundo álbum de la banda tapatía David Chanson, es uno de esos trabajos que toman forma despacio, que se componen desde la intuición, el afecto, la deriva y la escucha compartida. Lejos de las urgencias del algoritmo, la banda ha elegido un camino improbable y necesario: el de hacer música por placer, por encuentro, por insistencia en la duda.
Paco Pérez-Rul, guitarrista y productor del álbum, lo dice sin adornos: “Vivimos la creación musical a paso de tortuga”. Y no hay vergüenza en ello. Al contrario. En una época que glorifica la productividad exprés, la música de David Chanson se convierte en una forma de resistencia.
Cada canción es un fragmento de memoria cocido con lentitud. Cada arreglo, un acuerdo tácito entre amigos que no quieren convencerse, sino acompañarse. Cacles no es solo un disco: es la prueba de que la creación colectiva aún es posible cuando se cultiva sin prisa ni fórmula.
Escuchar el disco es sumergirse en un mundo sin género fijo. “Bikini Beirut” es un surf rock luminoso con fondo político; “Katsuo”, una pieza densa donde se cuela un poema en japonés. Todo convive. Todo se transforma. No hay tema igual a otro, pero todos cargan una misma energía: la de la búsqueda. Y como todo viaje verdadero, el trayecto vale más que el destino.
Hay una ética común en estas tres historias. No hay prisa. No hay moldes. No hay miedo al silencio. Son músicas que saben esperar. Que resisten sin aspavientos. Que se componen no desde la ambición, sino desde la necesidad. De un lugar diverso que nos invita a escuchar.
