La última vez que Ozzy Osbourne estuvo sobre un escenario fue en julio, bajo las luces vibrantes de Villa Park, con el rostro bañado en sombras y el cuerpo sostenido por un trono metálico. No caminaba. Apenas podía alzar los brazos. Pero cuando cantó, miles enmudecieron. Aquel concierto fue su despedida. No sólo del escenario. Fue una despedida del mundo.
Pocas figuras como él encarnaron con tanta convicción lo que significa vivir en los márgenes del arte y el abismo. Su muerte, confirmada este martes por su familia, pone fin a una vida que parecía escrita con cuchillas en la piel de la cultura popular: excesiva, iracunda, tierna, imposible.
Nacido como John Michael Osbourne en una familia obrera de Birmingham, creció entre seis hermanos, pobreza, violencia y humillación escolar. Desde joven supo que el mundo no tenía reservado para él ningún destino amable. Y quizá por eso eligió incendiarlo todo. Primero fue la cárcel por robar ropa. Luego, la música. Una salvación que llegó en forma de accidente: Earth, su primera banda, fue contratada por error. Al poco tiempo cambiaron de nombre. Y el error se volvió destino: Black Sabbath.
La guitarra de Tony Iommi, la batería densa de Bill Ward, el bajo de Geezer Butler y su voz nasal y profética, erigieron un nuevo continente sonoro. El heavy metal no nació en una sala de ensayo, sino en esa voluntad de perturbar. Ozzy no cantaba, exorcizaba. En Paranoid y War Pigs se respiraban la Guerra Fría, el desconcierto posbélico, el miedo al futuro. Aquel joven británico de mirada extraviada hablaba el lenguaje de los condenados.
Pero nada era estable en su vida. Ni el éxito. Ni la cordura. Fue despedido de Sabbath por sus adicciones. Se encerró en hoteles y vacíos. Hasta que apareció Sharon, la hija de su exrepresentante. Lo sacó del fondo, lo amó y lo llevó de vuelta al escenario. Juntos construyeron la leyenda: su carrera solista, el reality The Osbournes, la redención pública. También juntos enfrentaron lo indecible: el intento de asesinato durante un brote psicótico, las infidelidades, la vejez.
Ozzy fue muchos hombres en uno solo: el demonio que se comía murciélagos frente a multitudes; el esposo que pedía perdón entre lágrimas; el padre ausente que trataba de entender a sus hijos; el enfermo que seguía grabando pese a los temblores del Parkinson. Nunca se ocultó. Ni cuando era monstruo. Ni cuando era ruina.
Sus últimos años fueron un acto de resistencia. Grabó Patient Number 9, un disco sombrío y vital, con invitados como Eric Clapton y el fallecido Jeff Beck. Lo premiaron con un Grammy. También regresó brevemente a Sabbath para un último acto en los Juegos de la Commonwealth, donde cantó Iron Man con Tony Iommi. Ya no saltaba. Ya no gritaba. Pero su figura seguía siendo un ritual. Su voz, un conjuro.
Con su muerte, termina una forma de entender el rock como vida sin freno. Porque Ozzy no fue un personaje: fue un hombre que convirtió sus heridas en espectáculo, que desafió la muerte una y otra vez, que supo reírse de su propia tragedia. No era sofisticado. Era verdadero. Y eso lo volvió eterno.
Hoy, los acordes de Changes resuenan con otro sentido. “I’m going through changes”, cantaba con su hija Kelly. Cambios. Duelos. Transformaciones. No habrá más giras. No habrá más despedidas. Solo queda su voz grabada en vinilos, en discos compactos, en transmisiones mal grabadas desde los años setenta. Y en la memoria colectiva de quienes entendieron que la oscuridad también puede ser una forma de redención.
Ozzy Osbourne no fue el mejor cantante del mundo. Fue mucho más: el sobreviviente, el bufón, el santo maldito, el último hombre en pie cuando el rock aún prometía fuego. Y así, tuvo un último homenaje en vida. Su último acto no fue un grito, sino un susurro: “Gracias desde el fondo de mi corazón”. Y con eso basta.
