Jayde Powell abre los ojos cada mañana con un ritual que se ha vuelto reflejo: tomar el celular antes incluso de estirarse. No por ocio, sino porque su trabajo —y su vida, en muchos sentidos— gira en torno a las redes sociales. A los 32 años, esta estratega de marketing y creadora de contenido lo ha logrado todo en el juego de la influencia digital: eventos con marcas como Uber, ingresos de más de 50 mil dólares en solo tres meses, una audiencia fiel. Pero también lo ha perdido un poco todo.
“Es vergonzoso decirlo, pero también es verdad”, confiesa. La adicción a la dopamina que generan los “me gusta”, los comentarios, el constante scroll… le pasa factura. Migrañas, ansiedad, agotamiento. Como muchos otros en su gremio, ha tenido que buscar ayuda psicológica para mantenerse a flote.
Y no está sola. Cada vez más voces del mundo digital están alzando la mano para hablar de algo que durante años se ignoró: el burnout influencer es real. El glamour de la visibilidad constante oculta un trabajo de 24/7, en el que no hay días libres y donde la presión por mantenerse relevante es tan intensa como silenciosa.
Ante esta ola de agotamiento, nace CreatorCare, un nuevo servicio de teleterapia enfocado exclusivamente en las necesidades mentales de quienes viven —y sobreviven— de la economía de la atención. Una iniciativa conjunta entre Revive Health Therapy y Creators 4 Mental Health, que ofrece sesiones virtuales con tarifas flexibles, de 60 a 180 dólares, adaptadas al inestable ingreso de los creadores.
“No me parece sano que todo en mi vida esté conectado a una pantalla”, dice Powell, quien asiste a terapia una vez al mes. Allí, más que hablar de su infancia o relaciones personales, conversa sobre presión, exposición, trolls, la angustia de no saber si el algoritmo te va a enterrar o exaltar.
La salud mental, parece, es el nuevo lujo en una profesión donde incluso los más exitosos como MrBeast confiesan que priorizar el bienestar habría significado no llegar tan lejos. «Es como una máquina construida sin mantenimiento», dice Amy Kelly, cofundadora de Revive y terapeuta familiar, al describir la industria.
No es solo la sobreexposición. Es el acoso. Es la volatilidad. Es que un comentario negativo puede doler más que un grito en la calle. Es que una identidad construida frente a una cámara muchas veces deja vacíos cuando las luces se apagan. Powell lo vivió cuando la atacaron en redes solo por aplaudir la actuación de Blue Ivy o al lanzar un proyecto de cannabis para mujeres negras y recibir odio, incluso desde su propia comunidad.

Shira Lazar, cofundadora de CreatorCare, lo resume con una mezcla de agotamiento y determinación: “Es una carrera hermosa, pero el miedo a desaparecer te va comiendo”. A sus 42 años, dice que no tiene planes de detenerse. “Soy como Joan Rivers: seguiré creando hasta que muera”, declara. Por eso, quiere que haya condiciones reales para prosperar.
La industria ha comenzado a responder. En 2023 nació el Gremio de Creadores de América, una organización que, aunque no es un sindicato, busca profesionalizar el trabajo de los influencers. Publicaron recientemente una cláusula adicional que estipula pagos en un plazo de 90 días, respeto a los derechos de autor y mejores prácticas para las marcas. Daniel Abas, su presidente, lo deja claro: “La atención es comercio. Y los creadores están a la vanguardia”.
Mientras tanto, la Generación Z sigue soñando con ser influencer. Según Morning Consult, un 57 % aspira a convertirse en uno. Pero el sueño, como está quedando claro, viene con costos invisibles.
Con CreatorCare apenas arrancando, tal vez haya esperanza. Tal vez quienes viven de exponerse también puedan tener un refugio donde sanar. Porque detrás de cada selfie perfectamente encuadrada, hay una persona tratando de no romperse.
