El extraordinario resultado que obtuvo la rectora de la BUAP, María Lilia Cedillo Ramírez, en elección de los 179 integrantes del Consejo Universitario y cinco unidades académicas —sumamente complejas y difíciles— es un caso pocas veces visto al que vale la pena intentar aproximarse para la responder la pregunta: ¿Cómo lo consiguió?
Primero partamos de los datos duros: Se estima que entre el 85 y 90 por ciento de los nuevos integrantes del máximo órgano de gobierno de la casa de estudios forman parte de la corriente cedillista, pero eso no significa que exista un poder hegemónico, sino que esa fortaleza tiene su origen en una suma de alianzas de diferentes grupos y actores, quienes reconocen en la rectora como una autoridad moral, política e intelectual.
La política universitaria está compuesta por una serie de factores en el que lo mismo confluye la institucionalidad, los acuerdos en función de un proyecto universitario y la generación de las políticas necesarias para que la comunidad universitaria y el producto de su conocimiento se expanda a otros niveles.
A diferencia de la praxis que conocemos en el mundo externo a esa institución, la política universitaria es sumamente descarnada y azarosa porque es practicada por sujetos dedicados a la producción del conocimiento puro y duro. La lucha por el poder, por dirigir los destinos de la casa de estudios, requiere un gran oficio político, mucho diálogo y búsqueda de intereses en común.
Es ahí donde el trabajo de la rectora Lilia Cedillo toma una importancia capital, ya que logró aglutinar todo ese concierto de intereses en una causa común y les ofreció un espacio, en equivalencia a su importancia y peso en sus unidades y sectores, en el órgano más importante de gobierno.
Para quienes creen que cada rector tiene un Consejo Universitario a modo, incurren en una falacia que solo demuestra ignorancia. Ese cuerpo colegiado es el órgano deliberativo que puede eclosionar a un rectorado o ser el principal centro de gobernabilidad. Construir esto último es lo que impide lo primero, de ahí que estamos ante una praxis viva que todo el tiempo requiere alcanzar consensos, diálogo y suscribir acuerdos.
A fin de garantizar la gobernabilidad de la casa de estudios, la rectora Cedillo fue al encuentro de estudiantes, académicos, personal administrativo. Cada grupo, en cada unidad académica, debió escoger al candidato que ofreciera mayor competitividad porque su llegada al CU solo la obtendría por la vía democrática, pero a la vez que las fórmulas en conjunto garantizaran la representatividad de todos.
Es justo ahí donde se encuentra una de las claves del éxito de Lilia Cedillo debido a que esta elección fue totalmente sui generis, al llevarse a cabo después del intento de desestabilización ocurrido hace apenas unas semanas.
Dicho movimiento, orquestado inicialmente por avariciosos que pretenden recuperar viejas canonjías al amparo del presupuesto, sirvió para conocer a detalle los problemas que enfrentaba cada unidad académica, las demandas de los sectores, los errores de los directivos, entre otras muchas cosas.
Con el mapa preciso de cada unidad académica, Lilia Cedillo aplicó el mejor oficio político que puede existir: la sensibilidad e inclusión. Eso llevó a que en diferentes unidades se permitiera la postulación de candidatos que, en otra coyuntura, hubiera sido bloqueados por grupos o directivos de cada unidad, ya sea porque no son parte del clan, porque son la oposición o porque representa el surgimiento de una nueva expresión.
La rectora entendió la necesidad de abrir los espacios necesarios para una auténtica representación de todas las expresiones. En este ejercicio, por ejemplo, comprobó que los problemas internos de cada unidad no significaban un veto o diferencia hacia su gestión, sino que la comunidad universitaria demandaba apertura e inclusión.
Esa construcción llevó a que el cedillismo se hiciera de aliados reales y que el Consejo Universitario, una vez más, fuera el centro donde tuvieran espacio todas las voces que están convencidas de que la líder moral, política e intelectual de la BUAP es Lilia Cedillo.
A la par, todo esto no hubiera sido posible sin un paso previo que dio la rectora: la recuperación de cuadros que habían sido marginados, olvidados o no se les tomaba en cuenta. Esta suma permitió la creación de un ejército que lo mismo responde a operaciones electorales, científicas, académicas o estudiantiles.
Son ellos los que fueron, junto con el aparato más cercano de la rectora, a las unidades académicas a escuchar, dialogar y construir acuerdos. Ese mismo grupo recogió el sentir de la comunidad universitaria durante el intento de desestabilización, supo entender hacia donde se dirigían los reclamos y aprendió rápidamente a todo había cambiado.
Esto me permite dar paso más adelante hacia lo que creo fue la mayor lección de estos comicios: los paristas.
El intento de desestabilización que vivió la BUAP también ofreció la oportunidad de que el cedillismo escuchara a una nueva generación estudiantil, en cuya postura opositora converge un activismo digital y la ruptura de las formas tradicionales para entender la política.
Este sector es el más complejo de entender porque justamente su pensamiento y formación lleva a la ruptura de todas las praxis tradicionales. La pregunta era: ¿cómo abordarlos?
Creo que ahí es donde estuvo el mayor éxito de la rectora Lilia Cedillo: entender que estaba frente a una nueva generación a la que se debe atender de manera diferente. Eso conlleva a un análisis riguroso de sus deseos, motivaciones, aspiraciones, esperanzas y como todo eso junto los lleva a un principio de acción política.
La rectora fue en su búsqueda. Entendió sus demandas y les ofreció lo que no esperaban: entendimiento e inclusión. Al incorporarlos al máximo órgano de gobierno de la BUAP, Cedillo Ramírez hizo un reconocimiento de su importancia en la vida universitaria, la necesidad de que sus voces estén representadas y todas sus propuestas tomen el cauce institucional que se requiere para convertirlo en una expresión orgánica.
Su inclusión implica —no todo es miel sobre hojuelas— que en el CU haya una interpelación, crítica puntual y desavenencias, pero también ofrece la oportunidad de hacer política, dialogar y escucharse entre todos que es la esencia de ese órgano deliberativo.
La inclusión, como se esperaba, no agradó a varios en las unidades académicas —sobre todo aquellos que fueron exhibidos en sus torpezas por los paristas—, pero Lilia Cedillo sabe que esto no es un concurso de popularidad sino de responsabilidad de tomar las medidas necesarias para construir la gobernabilidad que la BUAP necesita.
Todavía hace falta mucho, pero la rectora dio el paso más importante a favor de la institución. No se trató de una acción electoral para enfilar todo a favor de su reelección, pensar así demuestra ignorancia supina.
Al sumar a todas las voces, Lilia Cedillo envío el mensaje más contundente de esta elección: Primero está la universidad y su comunidad ante cualquier interés mezquino.
Sin una BUAP fuerte y sana en términos de gobernabilidad no hay futuro. Y si éste no existe, el impacto negativo para el estado, la comunidad universitaria y las familias que vienen con ella es de costos incalculables, eso sin contar el retroceso social y económico.
Por eso es que Lilia Cedillo optó por lo que hace un estadista: poner a la institución ante de cualquier deseo personal o reeleccionista, dar cauce a la inclusión y, a partir de ahí, entre todos construir la universidad que quieren.
