La organización criminal venezolana, con presencia en varios países de América Latina y tentáculos ya extendidos en México, acaba de perder a dos piezas en su célula local: Anderson N. El Chaux, y Jeiner Alexis N. El Mechas.
Ambos detenidos, de nacionalidad colombiana, fueron capturados en la unidad habitacional Manuel Rivera Anaya, al oriente de la ciudad de Puebla. La escena para detenerlos fue la de agentes encubiertos, vigilancia silenciosa y una entrada precisa para desmantelar parte del brazo operativo del grupo delictivo en la capital poblana.
El Chaux, de 30 años y El Mechas, de 23, no eran simples operadores. Según la Fiscalía, eran piezas activas en el cobro de piso, préstamos violentos —al estilo de los temidos “gota a gota”— y narcomenudeo.
Comerciantes en colonias del oriente de Puebla los identificaban como presencias constantes de terror: llegaban con amenazas, cobraban con intimidación y posteriormente se iban en total impunidad.
Su piel también hablaba por ellos. Los tatuajes en sus cuerpos eran sellos de que pertenecían al Tren de Aragua, una de las organizaciones delictivas más peligrosas de América Latina, nacida en la cárcel venezolana de Tocorón y que ha extendido sus operaciones a Colombia, Perú, Chile, con reciente evidencia de mayores operaciones en México.
Organización transnacional
El Tren de Aragua no es una banda cualquiera. Fue fundada en la prisión de Tocorón por el líder Héctor Niño Guerrero, quien gobernaba entre lujos inverosímiles para una cárcel —zoológico, discoteca, piscina, restaurante— y desde ahí tejía una red criminal con alcance continental.
Se trata de una banda criminal que surgió de las entrañas de una prisión y hoy se ha convertido en una de las amenazas más inquietantes para América Latina.
Desde ese epicentro, Niño Guerrero orquestó la expansión del grupo, primero dentro de Venezuela y luego más allá de sus fronteras, aprovechando el éxodo de millones de migrantes desesperados que escapaban del colapso social del país.
Pero el verdadero punto de quiebre ocurrió entre 2018 y 2023, cuando el Tren de Aragua se incrustó en la geografía criminal de Colombia, Perú y Chile, pues sus células se camuflaron entre los flujos migratorios, sometiendo a sus propios compatriotas con extorsión, trata de personas, cobros ilegales y violencia extrema.
El grupo no solo replicó su modelo criminal en estos países, sino que lo perfeccionó, diversificando sus negocios ilícitos para incluir préstamos “gota a gota”, microtráfico, secuestros y contrabando.
En septiembre de 2023, el régimen de Nicolás Maduro intentó retomar el control de Tocorón con un megaoperativo de más de 11 mil efectivos. Sin embargo, aunque el golpe fue poderoso, la realidad es que la cúpula del Tren, incluido Niño Guerrero, escapó antes del asalto, presuntamente con ayuda interna.
Hoy, las autoridades creen que se esconde en la mina ilegal de Las Claritas, en Bolívar, junto a su lugarteniente Johan Petrica Guerrero, al mando de una red de minería ilegal.
Mientras tanto, la violencia del Tren en el extranjero encendió las alarmas. En Chile, Perú y Colombia, sus fuerzas de seguridad lanzaron operativos para frenar el avance de esta maquinaria criminal.
Pero el daño ya estaba hecho: el grupo se había consolidado como una amenaza transnacional, imitando los patrones de organizaciones como el PCC brasileño o el Cartel de Sinaloa.
La presidencia de Donald Trump en Estados Unidos reactivó el discurso de “mano dura” contra los migrantes y puso al Tren de Aragua en la mira, por lo que, en febrero de este año, la Casa Blanca lo catalogó como una “organización terrorista extranjera”.
Pese a su dispersión, el Tren conserva su estructura y Niño Guerrero sigue siendo el máximo líder, mientras que otros personajes como Larry Álvarez, capturado en Colombia en 2024, fueron importantes para su expansión.
Hoy, con presencia confirmada en al menos seis países y células activas en zonas fronterizas, el Tren de Aragua se ha incrustado en zonas como Puebla, donde la FGE logró la captura de dos de sus operadores, es decir, no sólo no se frenó su expansión, sino que sus células se dispersaron.
Y una de esas células encontró tierra fértil en Puebla, donde la movilidad migrante y los vacíos de autoridad les habían ofrecido un terreno para operar en las sombras.
