Cada 21 de julio se conmemora el Día Mundial del Perro, una fecha que desde 2004 busca rendir homenaje a uno de los animales más cercanos al ser humano, pero también alertar sobre el abandono y el maltrato. Aunque no es una jornada oficial establecida por organismos internacionales, se ha popularizado gracias al impulso de organizaciones animalistas, campañas ciudadanas y redes sociales. El motivo de la elección no es casual: julio coincide con el periodo vacacional en varios países y es cuando más perros son abandonados.
En ese contexto, esta celebración se convierte en una oportunidad para generar conciencia sobre la tenencia responsable, la adopción y el respeto hacia estos animales. Según cifras recientes, cerca de medio millón de perros son abandonados cada año en México, lo que coloca al país entre los primeros lugares en América Latina en esta problemática. Además del daño emocional y físico que sufren, la sobrepoblación canina tiene efectos negativos en salud pública y seguridad vial.
Los perros desempeñan múltiples roles que trascienden la simple compañía. Hay perros guía para personas con discapacidad visual, perros de búsqueda y rescate, de apoyo emocional, de detección médica o de vigilancia. Son trabajadores silenciosos y valientes que colaboran con las instituciones y también con las familias. El ejemplo de Frida, la labrador rescatista de la Marina que ayudó en Haití, Ecuador y México, sigue siendo un símbolo de empatía y entrega. Proteo, su sucesor en la Sedena, murió en Turquía durante un operativo tras un terremoto.
La labor de estos héroes de cuatro patas también se extiende a instituciones como el Senasica, que adiestra perros —muchos rescatados de refugios— para detectar plagas en aeropuertos y fronteras. Su olfato es una herramienta poderosa para proteger al país. Pero el uso de los perros como instrumentos no debe eclipsar su derecho a una vida digna. Tener un perro no puede ser una decisión pasajera: implica compromiso a largo plazo, con responsabilidad médica, afectiva y social.
