Desde un espacio que los vecinos han llamado el Cerro de Cristo Rey, comienza cada año un viacrucis que no sólo revive la pasión de Cristo, sino que une a cientos de familias. La tradición en Ignacio Romero Vargas, cumplió 69 años en 2025, entre calles polvorientas, túnicas empapadas y un fervor que no se agota con el sol.
En el corazón de dicha junta auxiliar ubicada en la ciudad de Puebla se encuentra Ángel González Juárez, quien tiene ocho años participando en esta representación: “Empecé por mi hermano mediano”, recuerda. “Lo hacemos de todo corazón, con devoción. Le echamos muchas ganas para que esto salga bien”.
Como él, hay otros 300 actores que desde temprano se preparan para recorrer el camino simbólico del calvario. Pero hay una escena que rebasa toda expectativa: la entrada de los esclavos.
“Se multiplica la cantidad de personas. Son como cinco o seis calles llenas, y no paran. En total, llegan a ser hasta 700 en esa parte”, cuenta.
La puesta en escena recorre toda la vida pública de Jesús, desde las bodas de Caná hasta el momento de la crucifixión. Hay espacio para el júbilo —como en la entrada triunfal a Jerusalén o el banquete en casa de Zaqueo— y también para la crudeza: la aprehensión, el juicio ante Poncio Pilato, la flagelación y, por supuesto, el viacrucis.
Más que un Viacrucis: en Romero Vargas se escenifica la vida, pasión y muerte de Jesucristo.
Desde las bodas de Caná, hasta el juicio y crucifixión. Las actividades se extienden hasta las 5 o 6 pm.
Vía @Ivaniver_ pic.twitter.com/gsOBEI2jXs
— Desde La Silla (@Desde_LaSilla) April 18, 2025
Ángel menciona que cada escena está medida, dialogada y ensayada al detalle, aunque el fervor popular, los aplausos o incluso el calor pueden alterar el ritmo, por lo que la escenificación puede extenderse casi cuando se esconde el sol.
La dirección corre a cargo de Cristian Hernández Ramírez, líder del grupo teatral Cristo Rey. Este año, el papel de Jesús recayó en David Lauro Zapata Valencia, quien cargó con la cruz, literalmente, bajo un sol que superó los 27 grados.
La procesión inició pasadas las 10 de la mañana en un escenario creado para poder desarrollar la representación, con personajes cuidados al detalle en su caracterización.

Una vez enjuiciado, el Viacrucis baja por la calle principal hasta la iglesia de la Purísima Concepción, y de ahí vuelve a subir para representar la crucifixión.
Pero no todo fue dramatismo bíblico. La jornada también trajo consigo aromas irresistibles: mole poblano, tortas de camarón, chilatole, nieves, aguas frescas y cemitas, que fueron parte de la oferta gastronómica que acompañó la procesión.
Las calles se llenaron de puestos, de manos que amasan y venden, mientras el Museo Comunitario de Romero Vargas guardaba su propio viacrucis. Ahí, una exposición fotográfica contó en silencio la historia de tantas Semanas Santas pasadas.

Las imágenes —algunas amarillentas por el tiempo— capturaron gestos de dolor, lágrimas verdaderas y túnicas de otros años. Junto a ellas, descansaron tres cascos originales y una corona de espinas auténtica, desgastada por los años y el sudor de quienes la portaban.
