Para la clase política, “la señal” es como el pan y el cáliz de la última cena.
Hambrientos y llenos de sed, están acostumbrados a buscarla todo el tiempo.
En todas partes.
En todos los rostros.
En todas las actitudes.
En tiempos electorales, “la señal” —algunos le llaman “la pinche señal”— es definitiva para la vida o la muerte de quien aspira. (Es el pan de vida y el cáliz de salvación)
Pero hay otro tipo de “señales” que son incluso más poderosas que las electorales.
Lo son por el simple hecho de que de éstas dependen millones de vidas.
Es la difícil aduana para un Estado y para un gobernador.
La prueba de fuego para los hombres de poder que han saltado la fase de la “pinche señal”.
Y, en México, no hay señal más poderosa que la presidencial.
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Claudia Sheinbaum Pardo apareció frente a los miles de asistentes congregados en el mausoleo edificado a Ignacio Zaragoza, en la zona de los Fuertes de Loreto y Guadalupe de Puebla, con una sonrisa radiante, tras ser recibida personalmente por el gobernador Alejandro Armenta Mier.
Para ambos no era una fecha más.
Para Sheinbaum significaba la primera vez que una mujer, una presidenta, una comandanta en jefa de las fuerzas armadas encabezaría la conmemoración de la batalla del 5 de mayo de 1862, uno de los actos oficiales más importantes en el mundo militar y civil por su simbolismo histórico.
Para Alejandro Armenta sería la mejor oportunidad de cerrar la pinza, estrechar el cariño, lealtad, respeto y cercanía con la mujer más poderosa de México.
Era la oportunidad de poner a Puebla en el ánimo presidencial.
De lo que ocurriera, la suerte estaría echada.
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Para entender la magnitud del encuentro de este lunes 5 de mayo habría que echar una ojeada al pasado en la relación que los gobernadores poblanos han tenido con los presidentes de la República.
Ahí está el caso del general Rafael Moreno Valle, a quien el morenovallismo le pretendió limpiar su condición de paria en el poder.
Su arribo a la gubernatura de Puebla no fue un premio sino un castigo por haberse equivocado de proyecto presidencial. Para su desgracia, Luis Echeverría recibió “la pinche señal” y llegó a Los Pinos.
El general nunca pudo recomponer su relación y cuatro años después de asumir la gubernatura fue defenestrado tras una serie de protestas sociales que nunca supo sortear. Su lugar fue ocupado, en primera instancia, por Mario Mellado García, y finalmente por Gonzalo Bautista O’farril.
Conclusión: El estado fue olvidado y/o echo a un lado de la prioridad nacional.
Un caso más fue Manuel Bartlett Díaz, a quien el neoliberalismo pretendió aniquilar una vez que se enquistó en Los Pinos. Eran los tiempos de Salinas y Zedillo. (Éste último, como ahora se sabe, pactó con Estados Unidos el arribo del PAN al poder a cambio de que le entregaran 500 mil millones de pesos para más o menos paliar el desastre económico que propició a su arribo a la presidencia).
Con un escenario menos complejo, Melquiades Morales Flores tuvo que sortear como gobernador al tecnócrata Ernesto Zedillo y su decisión de acabar con el PRI para favorecer a los conservadores del PAN.
Si hubo apoyo presidencial fue porque se juntó la desgracia con los problemas: la Tragedia de la Década, en la Sierra Norte; la contingencia del volcán Popocatépetl y un sismo que devastó la mitad del territorio.
Lo peor vendría con Mario Marín Torres y Rafael Moreno Valle.
El primero sería un cadáver político a los pocos meses de arribar a Casa Puebla. Como una herida abierta, tuvo que soportar el escarnio nacional y el desprecio de la Federación. Tanto Vicente Fox Quesada como Felipe Calderón lo ignoraron hasta que se cansaron.
En el caso de Moreno Valle para nadie es un secreto que era despreciado en el círculo del peñanietismo, por lo que siguió sus instintos: Entregó jugosos negocios al grupo del presidente a cambio de ganarse su favor. El problema es que esos contratos endeudaron al estado por varias décadas e impusieron cláusulas leoninas para que no pudieran echarse abajo por la vía legal.
A pesar de contar con el apoyo presidencial, Moreno Valle sumió en la pobreza y la deuda a Puebla todo en aras de un proyecto político que nunca cuajó.
Las cosas se complicaron para Puebla con la llegada de la 4T al poder. Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia y los morenovallistas representaban todo lo que detestaba de los políticos conservadores.
Pese a la oleada democrática de 2018, un fraude electoral permitió que Martha Erika Alonso Hidalgo llegara a la gubernatura. Todo terminó ese mismo año con la tragedia del 24 de diciembre.
Miguel Barbosa Huerta, el candidato de 2018, fue una vez más a las urnas y llegó a Casa Aguayo. Una pandemia y una serie de diferencias con la Federación no dieron mucho margen de maniobra.
La relación se recompuso de manera extraordinaria con el arribo de Sergio Salomón Céspedes Peregrina, pero el tiempo fue escaso. Solo dos años de gestión.
Así pues, Alejandro Armenta llegó este 5 de mayo de 2025 con una magnifica oportunidad a cuestas: Primer año de gobierno, primer desfile del 5 de Mayo, primera presidenta de México, primera vez en que un sexenio podía comenzar con el pie derecho.
La señal estaba en el aire.
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Para conocer el ingenio de Alejandro Armenta y su oficio político solo bastó con escucharlo en la ceremonia oficial de conmemoración del 160 aniversario de la batalla de Puebla.
Esa fue su carta de presentación, su declaración de motivos, su oportunidad de explicarle a la presidenta de México y a todo el país que en Puebla se siente, se pulsa la historia, la geopolítica, la nueva correlación de fuerzas políticas, las amenazas por enfrentar y los retos por vencer.
Pero, sobre todo, Armenta logró explicar en unos cuantos minutos por qué la batalla de 1862 ocurrida en suelo poblano —cuando la nación de vistió de gloria— sigue siendo tan vigente en su mística y construcción de nuestro país.
¿Qué dijo?
– Que al igual que 1862, el neoconservadurismo actualmente une a quienes quieren conservar sus privilegios y a quienes apuestan por un desarrollo económico sometido a los intereses extranjeros.
– Que los neoconservadores de hoy, al igual que los del pasado, suplican por el intervencionismo para frenar los logros democráticos y de justicia social de los gobiernos de la 4ta Transformación.
– Que los neoconservadores quieren regresar a la época del saqueo y el despojo de las riquezas nacionales
– Que, bajo la 4T, la rectoría del Estado busca eliminar los privilegios y fortalece el derecho de los mexicanos a decidir en sus asuntos internos.
– Que hay una lucha por un país con:
Soberanía energética
Soberanía económica.
Soberanía alimentaria.
Soberanía tecnológica y científica.
Soberanía en el uso del espectro radioeléctrico.
– Que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha establecido un orden que significa: erradicar privilegios, acortar desigualdades, detonar el desarrollo interno para beneficio de las y los mexicanos, redistribuir con equidad e invertir en obra pública sin despilfarros, y democratizar el poder judicial para que sirva al pueblo.
Pero, tal vez, la frase más simbólica y la más importante estuvo resumida en 31 palabras.
Una frase de respaldo.
Una frase de lealtad.
“Haciendo frente a los intereses del Neoconservadurismo, hoy nuestra Presidenta cuenta con los Hijos del Ixta-popo, la Malintzi y el Citlaltépetl para respaldar la lucha por la soberanía que hoy encabeza”.
¿Prueba superada?
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Mientras el discurso de Alejandro Armenta transcurría, era evidente que cada palabra calaba hondo en la presidenta de México.
Un movimiento espontáneo de cabeza en sentido afirmativo, la mirada fija en su interlocutor, la reflexión sobre las palabras confirmaba que el mensaje había dado en el clavo.
La señal presidencial es la carne y la sangre más valiosas del poder en México.
Sin ella no hay futuro, aunque se tenga poder.
El primer paso, el más importante, se había dado.
La suerte estaba echada.
La señal, cada vez más firme, más deseable, se dejaba oler, complacida, en el ambiente.
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Luego vinieron 90 minutos de encuentro.
El pretexto fue el desfile conmemorativo, la parada cívico-militar en la que participaron más 13 mil personas.
5 mil 400 segundos de compartir asiento, cercanía.
Una eternidad en el mundo del poder, pero principalmente en la agenda de la mujer más poderosa de México.
La prueba, la señal, tendría que surgir o no en alguno de esos 5 mil 400 segundos.
Y para beneplácito de todos, la señal apareció todo el tiempo de formas muy distintas.
Unas veces con amplias sonrisas.
Otras con evidentes muestras de empatía.
Algunas en el rostro que dibujaba el placer de aquel que se siente a gusto en un lugar.
Y, como joya de la corona, platicas aquí y allá, acompañadas de camaradería, sonrisas, golpecitos en el antebrazo y la espalda.
Allí estaba la muestra evidente de que Puebla está en el ánimo presidencial y viceversa.
Antes de su arribo de Claudia Sheinbaum a Puebla, Armenta sabía que había que sortear una aduana difícil.
Comenzar con el pie derecho un sexenio.
Era la prueba de fuego para los hombres de poder que han saltado la fase de la “pinche señal”.
La señal más poderosa en México sigue siendo y será la señal presidencial.





