El país despierta y el calendario se llena de voces. Entre ellas, una resuena con guitarras y tambores: el 11 de septiembre de 1971, Avándaro —un popular sitio turístico cercano a Valle de Bravo—, se convirtió en el punto de encuentro de más de 300 mil jóvenes que compartieron música, lluvia y esperanza. Medio siglo más tarde, la diputada local de la Ciudad de México, Elizabeth Mateos, propone dar a esa fecha un lugar oficial: el Día del Rock Mexicano. La iniciativa traduce en decreto lo que siempre existió en la memoria colectiva: la certeza de que el rock forma parte de la historia cultural del país.
La jornada de Avándaro nació como fiesta automovilística y terminó como acontecimiento musical sin precedentes. El relato de quienes lo vivieron lo confirma: fraternidad, comunión, campamentos improvisados y canciones que marcaron a toda una generación. La música tejió vínculos sociales, borró diferencias de clase y abrió un horizonte de libertad. El poder interpretó otra cosa y respondió con censura. Esa reacción convirtió al festival en mito y al rock en símbolo de resistencia.
El rock mexicano encontró refugio en foros pequeños, en hoyos fonquis, en grabaciones caseras que circularon de mano en mano sostenido con bandas como El TRI que se apertrechó en la periferia. Allí se coció con paciencia una escena que después emergió con mayor fuerza. Las décadas siguientes dieron espacio a Caifanes, Maldita Vecindad, Santa Sabina, Café Tacvba, bandas que confirmaron que la contracultura no se extingue; se transforma y se multiplica.
Nombrar el 11 de septiembre como Día del Rock Mexicano representa un acto de afirmación cultural. El calendario público funciona como un espejo: refleja aquello que un país considera esencial para su identidad. En este caso, la fecha no encierra la fuerza del rock, sino que la proyecta, le otorga un marco para dialogar con nuevas generaciones. Cada conmemoración se convierte en espacio de aprendizaje, de conversación intergeneracional, de rescate de memorias.
El Congreso de la Ciudad de México abre la posibilidad de reconocer que la modernidad mexicana también se escribió con guitarras eléctricas. La propuesta coloca al rock al mismo nivel que otras expresiones culturales que ya tienen un día nacional. No es concesión, es justicia cultural: el rock acompañó transformaciones sociales, articuló inconformidades y dio voz a quienes buscaban un lenguaje distinto al oficial.
En la conferencia donde se presentó la iniciativa, Alex y Chela Lora recibieron un homenaje simbólico. El propio Alex recordó que en Avándaro conoció a Celia, “su domadora”, y bendijo a los diputados con su grito característico: “¡Qué viva el rock and roll!”. Ese gesto conecta dos momentos: la espontaneidad del festival y la institucionalidad de un Congreso que discute su lugar en la historia.
El Día del Rock Mexicano puede convertirse en un espacio pedagógico y cultural: conciertos en escuelas, talleres de historia de la música, debates sobre contracultura y ciudadanía. Cada 11 de septiembre se abre la oportunidad de narrar a nuevas generaciones que el rock no fue moda, sino lenguaje, resistencia y construcción comunitaria.
Al final, la iniciativa de Mateos representa la certeza de que Avándaro no quedó sepultado en los titulares de los setenta, sino que se proyecta como herencia. Una herencia que no pide permiso: ocupa escenarios, contagia energía y exige memoria. El calendario puede darle un nombre, y ese nombre puede convertirse en aula, rito y celebración. Porque en México, también se construye ciudadanía con una canción a todo volumen.
