En sus redes sociales, Brandon N., estudiante de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, no hablaba de calificaciones ni de clases: sus publicaciones estaban llenas de referencias a Columbine, odio hacia las mujeres y frases que retrataban una profunda frustración personal. En fotos y textos breves, se definía como alguien “sin lugar en el mundo” y que veía en la violencia una forma de reconocimiento.
Brandon, de poco más de 20 años, había empezado a aislarse de sus compañeros en la facultad de Ciencias de la Computación. En el aula, su presencia era silenciosa, mientras que fuera de ella pasaba horas en foros virtuales donde jóvenes de distintas partes del mundo, en su mayoría hombres, compartían historias de resentimiento hacia las mujeres, la llamada comunidad “INCEL” (célibes involuntarios).
En esos espacios, donde el rechazo sentimental y la misoginia es su bandera, Brandon encontró identidad, pues comenzó a admirar a los autores de masacres escolares, como los de Columbine en 1999, o más recientemente, al agresor Lex Ashton del CCH Oriente de la UNAM, quien dejó un precedente del nivel de rabia que un joven puede alcanzar.
Brandon mostraba un perfil típico de agresor con ideología misógina: joven, aislado, con dificultades de socialización y una necesidad de control, mientras que el rechazo generalizado hacia su persona lo habría llevado a intentar atentar contra la vida de estudiantes.
Fue así que, lo que empezó como una serie de publicaciones extrañas, pronto se convirtió en una alarma generalizada entre maestros y alumnos de la BUAP.
“Se viene masacre escolar papus, todo porque las viejas no me quieren dar… y porque me discriminan por marrón y gordo. Todos tienen amigos, novias y a mí hasta los profes me hacen bullying, de ellos también me encargo papus y de los blancos de mierda que siempre se quedan con las viejas”, escribió el joven en una cuenta personal.
Las palabras encendieron las alertas. Profesores y estudiantes denunciaron las amenazas a las autoridades universitarias, temiendo que el mensaje fuera algo más que una simple provocación.

El caso del estudiante poblano mostró similitudes con el de Lex Ashton. Los mensajes del joven de la BUAP seguían ese patrón: en uno de ellos publicó la imagen de un arma y mencionó su intención de “hacer justicia” por sentirse marginado.
En otro, compartió una fotografía del agresor de la UNAM, como si quisiera rendirle homenaje. Estas publicaciones, detectadas por estudiantes, circularon rápidamente en grupos universitarios y generaron un ambiente de tensión que obligó a la intervención de las autoridades.
El miedo no era infundado. En chats privados de comunidades Incel, como se reveló en el caso de la UNAM, los integrantes suelen animarse mutuamente a “cumplir sus planes”.
A raíz de la denuncia, la BUAP activó protocolos de seguridad y solicitó apoyo a las autoridades estatales, quienes finalmente localizaron al estudiante.
Según la Fiscalía Especializada en Investigación de Delitos de Violencia de Género contra las Mujeres, a cargo de Karla Michelle Salas, el hoy imputado tenía identificadas a quienes serían sus víctimas, además de que había proferido amenazas contra sus compañeras.

Detrás de su aparente anonimato, se formaba una fantasía violenta contra las mujeres y una narrativa de venganza que lo llevó a planear un posible ataque en la BUAP contra varias de sus compañeras, hasta que las autoridades ministeriales le echaron el guante.
“Se puede establecer que el imputado para poder llevar a cabo dichos actos fue inspirado por los atentados previos como la masacre de Columbia o el ataque del alumno del CCH en la Ciudad de México”, afirmó.
Fue con toda esta información hallada en redes sociales que la Fiscalía pudo formar un expediente psicológico aproximado, y en esa medida poder capturarlo antes de que materializara una masacre, logrando su aprehensión en su domicilio, localizado en la colonia Jardines de San Manuel, en la ciudad de Puebla.
“Mediante trabajo de coordinación interinstitucional se desprendió que existía violencia de género por parte de un usuario de redes sociales consistente en amenazas directas en contra de mujeres, así como la comunidad estudiantil de la BUAP”, expuso Karla Michelle Salas.
La fiscal recordó que, durante un cateo, la autoridad ministerial, no solo halló un arma de fuego y dispositivos electrónicos relacionados con las amenazas que el estudiante lanzó contra la comunidad universitaria, sino también capturas de pantalla de sus posibles víctimas, entre ellas una joven que lo había rechazado.

Además, Salas Sánchez detalló que, tras recabar los indicios y desahogar las entrevistas correspondientes, un juez de control dictó prisión preventiva en contra de Brandon N., mientras se desarrolla la investigación complementaria.
La fiscal Idamis Pastor Betancourt precisó que la captura del estudiante fue posible con una acción coordinada con la Secretaría de Seguridad Pública a través de la Policía Cibernética, pues a todas luces el estudiante se preparaba para cometer feminicidio.
Durante esos momentos de pánico, la BUAP también mantuvo sus actividades académicas y coordinó medidas preventivas con corporaciones estatales y municipales para garantizar la seguridad de los alumnos.
Actualmente, Brandon permanece en prisión preventiva justificada, acusado por el delito de portación ilegal de arma de fuego.
